Simenon

Foto: Erling Mandelmann [Wikipedia]
La atmósfera densa y acogedora del Liberty Bar adormece los sentidos del comisario Maigret, que se deja mecer por la voz cansada de la «Gorda» Jaja y la visión de los pechos de Sylvie; es como una cálida siesta en la Costa Azul. Esta podría ser una descripción más o menos aceptable de aquel rincón en donde el tiempo se detuvo.

por H. C. Blok

 

20 de junio 2026

 

La atmósfera densa y acogedora del Liberty Bar adormece los sentidos del comisario Maigret, que se deja mecer por la voz cansada de la «Gorda» Jaja y la visión de los pechos de Sylvie; es como una cálida siesta en la Costa Azul. Esta podría ser una descripción más o menos aceptable de aquel rincón en donde el tiempo se detuvo.

Simenon es quizás uno de los mejores escritores de ambientes y de caracteres que se hayan dado cita en el siglo XX. De familia pequeñoburguesa, fue toda su vida un acérrimo detractor de esa clase media, pero sobre todo de la burguesía con la cual más de una vez alternó en alguna que otra reunión o en algún festival de cine. En su obra, que es de alguna manera una experiencia de vida, refleja ese desprecio hacia esta clase: es un desprecio visceral más que teórico. No es una política definida, sino una actitud de clase. Paradójicamente, Georges Simenon no deja de ser, a su modo, un pequeño burgués. Pero su actitud es una negación de su propia condición; es una oposición a su origen social a través de una pseudo bohemia de aventurero. Brown es, en cierta forma, Simenon. Es el millonario, un australiano criador de ovejas que, rechazando su vida acomodada y estable, tira el estatus social por la borda, deja esposa e hijos para llevar una vida de bohemia asegurada entre el dulce perfume de sus tres amantes, del olor a cordero asado del Liberty Bar, de los efluvios del alcohol y del sexo de la pequeña habitación de arriba en la cual las tibias sábanas invitan al placer robado al aburrimiento de todos los días.

La austeridad narrativa de Simenon es uno de sus encantos y su sello de agua: no hay desperdicio alguno de palabras. Cada una de estas es como un tiro certero. Dice lo que tiene que decir, no se pierde en laberintos retóricos y adjetivaciones innecesarias. Pero lo que abunda en su obra son las imágenes sensoriales, «atmosféricas» y, sobre todo, los estados psicológicos. El autor de La noche de la encrucijada es, como Balzac, un gran observador de la condición humana. Analiza y transfiere al papel todas las miserias de esta, y casi nunca una virtud; a lo sumo, queda en un empate técnico. Los pecados del hombre son sopesados por el comisario Maigret con indulgencia bovina. En el fondo, no juzga, solo trata de comprender. Sobre todo, se interesa por la vida de los más humildes y de ese elemento subterráneo que a veces se encuentra en una línea limítrofe entre la legalidad y la clandestinidad.

Su oficio de periodista social [y policial] lo llevó a frecuentar los prostíbulos, los bares y cafés del París de mediados del siglo pasado, allí donde acudían los maleantes y los filósofos, los literatos y revolucionarios, las prostitutas y los proxenetas; una mezcla caótica de bohemios en donde podía [y quizás más de una vez] introducirse algún asesino profesional. Su vida apasionante y apasionada se ve plasmada en su producción, sumamente prolífica como sus aventuras. Su amor por el agua y los botes se refleja en algunas de sus novelas [El puerto de las brumas, Liberty Bar, La esclusa n° 1, El crucero del Potam, etc.] De alguna forma su obra deja traslucir su vida: él es, en cierto sentido, el comisario Maigret. La sustancialidad de su personaje principal es tan contundente que más de uno llegó a pensar que se trataba de alguien real.

Su eterna pipa y su sombrero son los del comisario; podríamos decir que «el inquilino» del Quai des Orfèvres es su alter ego. Pareciera ser que la vida del autor y la de sus personajes se confunden: Simenon vive entre la realidad y la ficción. Quizás es por ello por lo que estos son tan reales, tan concretos, al punto de adquirir existencia propia. Es el gran mérito de Simenon: dar vida a la ficción, pero no a la fantasía. Su creación es una representación de la realidad filtrada por el prisma del escritor que en cierto modo idealiza la materia prima, que es la realidad cruda y sin aditamentos de la existencia.

Tal vez tenga una sobreestimación de los personajes oscuros y trágicos, una benevolencia hacia esos seres arrojados a una vida fría y sin esperanza alguna, pero que son justamente por ello los que mayor relieve imprimen al argumento. En contraposición, Simenon es implacable con la burguesía, sea cual sea su nivel. Esta dialéctica es permanente en El ahorcado de la Iglesia, a pesar de la condescendencia a la camarilla de los «buenos padres de familia».

Tangencialmente al clásico policial negro, La viuda Couderc y Luces rojas se inscriben en ese torbellino de pasiones que la maestría y la sensibilidad psicológica de Simenon le pueden aportar a la novela dura. Los olores de una cocina de campo o de un bar de ciudad son tan vívidos como la sensación de sudor que nos transmiten sus personajes.

Este realismo oscuro, a veces opresivo, se debe a que la vida misma es el objeto de estudio de este fecundo autor belga que, durante tantas décadas, nos ha deleitado con sus relatos repletos de humanidad.