02 de mayo 2025
Barro todos los días, ya de forma automática.
Siempre barriendo a la misma hora, cuando el sol no deja que las sombras se reflejen en el piso y termino cuando la oscuridad toma el control.
Barriendo por las habitaciones, debajo de los muebles y hasta la vereda que comparto con unos vecinos desinteresados en la misma.
Barriendo constantemente como si fuera parte de una catarsis, arrastrando las pelusas y las hojas con las cerdas de la escoba gastada, imaginando que esas pequeñas montañas que formo contra la pared son mis problemas acumulados y que los puedo levantar, observar y tirar en una bolsa negra para no saber más sobre ellos.
Barriendo hasta cuando no tengo fuerzas, creando en mi mente la falsa ilusión de que lo estoy haciendo para dejar todo limpito antes de que llegue una visita sorpresa, a la hora de la merienda, cargando en sus manos la yerba que me gusta y las facturas de hojaldre que venden en la panadería de la esquina de casa.
Barriendo con una escoba vieja que está aplastada en una punta y estoy tan acostumbrada a ella que hasta inventé una forma especial de pasarla sobre la mugre sin que se desparrame para todos lados.
Barriendo por una necesidad de movimiento, para disfrutar de la sangre que se acumula en mis cachetes y se vuelve un calor intenso que deviene en una baja de azúcar o de presión, lo que me obliga a apoyarme sobre la escoba como si fuera el bastón de un gran mago.
Barriendo en honor a todas las mujeres que me han precedido, esas amas de casa sumisas con delantales y ruleros que barrían cansadas, deprimidas, llenas de responsabilidades, pero lo hacían para que el piso brillara como el sol, deseando que algún día sus maridos las feliciten por el esfuerzo… y sólo obtenían pisadas cargadas de barro o cemento para volver a barrer.
Barriendo para abrirme camino entre los juguetes pegajosos, la ropa de adolescentes rebeldes y medias sudadas.
Barriendo para sentirme poderosa frente a los hormigueros que se forman en la puerta de mi casa, y hasta disfruto ver la desesperación de los insectos cuando tiro adrede esas paredes de tierra. Yo soy una de esas hormigas en mi vida diaria, pero en ese momento hago un cambio de roles y después me arrepiento de mis actos impulsivos.
Barriendo en silencio, sólo escuchando mis pensamientos, tratando de entablar una conversación con mi autoestima, pero hay veces que ni me escucha.
Me autoproclamo reina de los azulejos y de las hendiduras de yeso de la pared. Obviamente, llevo con orgullo mi corona de tela vieja con flores desdibujadas y mis guantes amarillos que se deslizan hasta la punta de mis dedos porque me quedan algo grande. Nadie me reconoce si no llevo este uniforme imperial.
Barriendo una y otra vez por el mismo camino hacia la puerta de entrada, sin salirme de la coreografía, llegando hasta el rincón más alejado haciendo que las arañas huyan ante mi presencia, y así puedo rescatar a varias moscas que cayeron como yo en las redes de las promesas eternas.
Barriendo con la esperanza de que mi vida no sólo se trate de esto.
Barriendo para sentirme viva.