Saki – Bierce, la esencia del humor negro

Ilustración de archivo - Robert Seymour (The Posthumous Papers of the Pickwick Club, of Charles Dickens)
por H. C. Blok y Paula C. Dreyer

20 abril 2025

 

 

               «Intentar definir el humor demuestra falta de humor». G. K. Chesterton. (*)

 

 

Si la catarsis es la supuesta liberación o expulsión de las impurezas espirituales del organismo humano, el humor negro como género literario no sería, al modo de la tragedia griega, una catarsis en sentido propio, sino más bien una re-afirmación de la naturaleza del hombre disfrazada de humor cínico, pero no hipócrita.

El humor negro es una especie dentro de la gran familia literaria que en esencia reniega de los buenos modales: no es un género “políticamente correcto”. Es un estilo crítico por naturaleza y rebelde por vocación; lo que otros géneros, como el naturalismo de Zola, se toman demasiado a pecho las cosas terribles de la vida tratando con absoluta descortesía hacernos llorar por las miserias del mundo, miserias que en esencia no tienen arreglo, el humorista satírico nos las muestra desde una perspectiva distinta: exagera la nota, le agrega fantasía inusitada y a veces, sólo a veces, nos da un poco de esperanza con respecto a la naturaleza humana.

Este subgénero del humor tiene, haciendo un análisis diacrónico, sus raíces en la sátira helénica que con el correr de los tiempos se fue metamorfoseando en la comedia clásica que desarrolla y logra su ápice de esplendor en el siglo de Oro español con el drama de Lope de Vega en el cual se funden la comedia y la tragedia, como acontece también con Shakespeare y Cervantes.

Es un género que pierde impulso en el siglo XVIII, que podríamos denominar de transición, y que es, con algunas excepciones, básicamente anulado o pasado por alto en el XIX por influjo del romanticismo y el realismo social. No es casualidad que sea un estilo propio del siglo XX  – aunque haya tenido sus conatos de creación a fines del diecinueve a través de las obras de Wilde, Saki y Bierce, entre otros  -; no es de extrañar, decimos, que haya sido en el siglo pasado el desarrollo de este género (o subgénero, si se quiere) ya que el veinte es el siglo en el cual la industrialización y el capitalismo comienzan a tener una preponderancia cuasi mitológica que dará como respuesta crítica, tanto desde las filas liberales como marxista, el humor negro como catarsis simbólica y ácida al escepticismo imperante en casi todo el pensamiento Occidental. En un sentido sincrónico, la mutación de la antigua comedia en el humor negro es la resultante de una crítica puntual al sistema imperante, mas no dejando de lado cierta retrospectiva crítica a la historia humana en su conjunto; en todo caso, encontramos una revalorización de la vieja sátira y su sentido político. Por otra parte, percibimos una catarsis subjetiva en todo esto, y es la manera en la cual cada uno de los autores que se han dedicado a este género utiliza para conjurar sus demonios y problemas psicológicos causados por una infancia no muy halagadora. Hay que tener en cuenta la infancia tanto de Bierce como la de Saki: padres puritanos y despóticos en el primer caso, y la prácticamente ausencia de aquéllos en el segundo, cuya presencia es sustituida por tías también puritanas y despóticas; a ello hay que agregar la pobreza en que vivió Bierce en su infancia y gran parte de su vida adulta, que no es el caso de Munro, el cual debió lidiar con otro tipo de demonios llamados comúnmente “típicas tías inglesas victorianas”.

El cuentista de humor negro es ante todo un gran psicólogo: rebusca entre las entrañas oscuras del ser humano todas las miserias y perversidades habidas y por haber para ponerlas, como en un espejo, ante la mirada atónita de la humanidad que se queda con la boca abierta preguntándose si es realmente así o el artista está exagerando la nota con el fin de vender más libros.

El humor que manejan estos autores, desde la perspectiva psicológica, se puede tomar como una forma de defensa emocional ante las situaciones “difíciles” que plantean. Los lectores pueden procesar el dolor o la ansiedad que les provocan esos hechos puntuales con un mecanismo que permite, mediante el humor, volver todo “más manejable”, aunque la primera reacción sea de repulsa o escándalo y se lo pueda tomar como ofensivo o inapropiado. En estos relatos afloran los tabúes y emociones negativas que de otra manera no se discutirían de forma abierta.

Los escritores de humor negro – generalmente de ascendencia sajona -, se han caracterizado por poseer una mirada incisiva de la sociedad, y a la vez resignada, ya que el humor negro es una especie de catarsis de la resignación más que de la indignación descarada; sí, descarada, porque quién se indigne ante uno de los relatos de Saki, Bierce, Chejov, Dostoyevski, etc., o es un hipócrita o un iluso, aunque en la mayoría de los casos se trata de hipocresía y en los menos de una ingenuidad abrumadora.

Para nosotros, “los irrecuperables”, que vemos en la esencia de la naturaleza humana una mala broma del destino  – ¿para qué alegar en nuestra defensa la opinión de Maquiavelo, Hobbes, Freud o Girard, si de cualquier modo los ingenuos de siempre no nos creerán? – no nos asombra esta postura cínica de estos escritores; no nos asustamos ante el relato sobre la corta existencia del soldado Jerome Searing de Bierce, en el relato Uno de los desaparecidos de su libro Cuentos de soldados (1), en el cual el autor norteamericano nos dice en boca del soldado  – explorador… “parece que hubiera avanzado mucho…, pero no puedo haber llegado lejos porque aún estoy con vida”…; o comentarios como éste otro… “pero el oficio de soldado es matar; si es buen soldado, también es costumbre”.

No creemos que haya nadie que no esboce aunque sea una mínima sonrisa al leer el final de Una conflagración imperfecta (2) de Bierce, en donde el protagonista no compra un armario porque el vendedor le asegura que es a prueba de fuego y a él eso “le trae malos recuerdos” ya que un mueble parecido (sino es el mismo) frustra su plan perfecto luego de matar a sus padres, o en Aceite de perros (3), cuando el protagonista ve a sus padres peleando y cayendo dentro del aceite hirviendo, y luego de mudarse y escribir sus memorias de ese trágico momento en donde se convierte en huérfano, termina diciendo: “…con el corazón lleno de remordimiento por el acto de insensatez que provocó un desastre comercial tan terrible”.

El autor tiene la agudeza de correr el foco de las atrocidades descriptas con una bocanada de aire (ese chiste) que rompe la tensión y funciona de manera orgánica, comprometiendo al lector a ser cómplice de las críticas a ese mundo en donde los parricidas salen ilesos caminando libres por allí y los giros finales sorprenden a todos; lo que los moralistas con ideas sumamente radicales tacharían de mal gusto; pero él, que ya está empapado en la historia, comprende la crítica mordaz que se está haciendo a la dura realidad y  puede leer entrelíneas lo que hace que ese humor funcione dentro del mundo que presenta el autor.

Por supuesto, no se puede pretender que todo el mundo entienda la sutil y desgarradora angustia oculta tras ese sarcasmo del escritor estadounidense o de la corrosiva burla del narrador inglés, nacido con el nombre cristiano de H. H. Munro; no, no todos pueden entender esa ironía que encierra la crítica social de Saki cuando las dos amigas que han salido a cazar en sendos corceles se encuentran inusitadamente en el camino con una hiena que persiste en seguirlas y en su trayecto se apodera de un pequeño gitano de unos cuatro o cinco años, el cual lleva lloroso entre sus fauces y al que inevitablemente se debe comer: “¿Crees que el pobrecito sufrió mucho?” fue la pregunta de Constance a la baronesa ante semejante horror, y a la cual ésta responde con su habitual tono aristocrático de despreocupación…,“todo indica que sí, aunque por otra parte, por cierto, puede haber estado llorando por simple mal humor. Los niños suelen hacerlo”. (Esmé, en The chronicles of Clovis, 1911). (4)

Como conclusión podemos destacar que el Humor Negro construye una coraza emocional que nos ayuda a discutir sobre temas delicados como la muerte, la desigualdad, las enfermedades mentales, etc., desestigmatizándolos y permitiendo afrontarlos desde la risa y la reflexión, es decir, encontrando una vía de escape para las emociones reprimidas, y que como lectores podamos realizar una catarsis ante lo terrible y lo más oscuro de la naturaleza humana.

 

(*) Gilbert Keith Chesterton Crítico, filósofo, novelista, periodista y poeta inglés – 1874/1936)

(1) Ambrose Bierce, Cuentos de soldados, Centro Editor de América Latina, 1980

(2) Ambrose Bierce, An Imperfect Conflagration, San Francisco Wasp, 1886

(3) Ambrose Bierce Oil of Dog, The Oakland Tribune, 1890

(4) Saki (H. H. Munro), Cuentos increíbles, Editorial Crea S. A., 1980