26 de abril 2025
En memoria de S. O.
Si estás leyendo esto, significa que ya me animé a tomar la decisión de no estar más en tu vida, ni siquiera en la mía.
No creo en las casualidades ni en las fórmulas matemáticas, y mucho menos en las medidas de las recetas de cocina. Supongo que esto lo tenés bien en claro.
Los doctores quisieron encontrar una respuesta a este mal que asecha mi cerebro, pero no lo lograron.
Muchas veces quise tomar las riendas de mi vida, pero todo se vuelve muy difícil con vos viviendo dentro de mi cabeza. Siento que las neuronas ya ni se esfuerzan en conectarse entre ellas, sólo le ordenan al cuerpo que respire.
Las noches me desafían y los días son agotadores.
La ansiedad se vuelve tan tirana que me obliga a descansar en el suelo frío, porque ella ocupa todo el colchón.
Renuncié muchas veces a comer y a dormir por esperar a que me llamaras, pero tu agenda siempre está demasiado llena.
Tuviste hasta el descaro de invalidar mis gustos musicales porque no eran los mismos que los tuyos y cambié hasta la forma de vestirme para acomodarme a tus caprichos.
Me prohibiste besarte en público, pero todavía sigo saboreando aquellos besos que pude robarte cuando nadie nos miraba. Sé que vos también los disfrutabas.
En la calle te comportabas como si no me conocieras, ni seguías mis conversaciones, supongo que la ciudad ayudó mucho con ese anonimato que pretendías darme.
Criticabas hasta la manera que tengo de relacionarme con los animales; odiaste tanto a mis gatos porque te ensuciaban tu ropa de marca, que tuve que darlos en adopción.
Nunca soportaste que fuera vegetariana, por lo que puse toda mi voluntad para tragar la carne semicruda que cocinabas, y cuando vomitaba del asco, no venías a preguntarme si estaba bien ni me sostenías el pelo. Aun así, quise estar a tu lado y siempre adoré escuchar tus anécdotas sobre las fiestas en las que todos aplaudían tu presencia.
Vi como te alejabas con tanta impunidad, que la bronca me hizo crujir la mandíbula, y ni siquiera te importó cuando te grité con toda mi alma. Quedé de rodillas ante tu sombra y no fuiste capaz ni de mirarme de reojo.
Desgarré parte de mi piel, de casi todos los costados visibles, para llamar tu atención, pero no fue suficiente. Todavía me cuesta entender por qué me castigaste de esa manera, sabiendo que lo mío es genuino.
¿Qué te llevó a desprenderte de mí? ¿mi verborragia? ¿mi intensidad?
Nunca lo voy a saber con certeza, pero por vos hice cosas que nunca me hubiera imaginado, y ni aun así obtuve tu compasión. Sólo te fuiste de un día para el otro, sin dejar rastro.
Con los pocos gramos de cordura que me quedan te levanté un altar. No necesité ni velas de colores ni inciensos para que tu ego trepara hasta las nubes. Ahora, que recapacito, creo que eso fue lo único que te gustaba de mí, que te alabe hasta rozar la humillación.
Desde que no estás, los amigos que compartíamos siguieron tus pasos. Mi familia teme hasta decir tu nombre. La única que te defiende es Mamá, que esquiva mi mirada cada vez que le pregunto por vos.
Las pastillas fueron fáciles de conseguir, y hasta tuve tiempo de elegir la botella más cara de vodka del supermercado. Nuestra canción suena una y otra vez desde la computadora, y la vecina de abajo ya se quejó dos veces de escucharme cantarla.
Como me sobró un poco de plata del sueldo, me compré una barra de chocolate, de esos que me regalabas apenas me conociste. El maní sigue metiéndose en mis muelas, pero ya no me importa tanto eso.
Dicen que en estos momentos se puede ver toda tu vida pasar por tu mente, pero sólo te veo a vos. Te imagino sonriendo… quiero quedarme con esa imagen.
No te culpes, ésta es una de las pocas decisiones que puedo tomar por mí misma.
Quizás en otra vida te encuentre, y voy a poder decirte todo lo que no pude en ésta.
El cuerpo ya no pesa tanto. Las lágrimas ya dejaron de escaparse sin control. La música se escucha lejana.
Te voy a esperar en la misma parada de colectivo en la que nos conocimos; ojalá la hayan pintado de naranja como queríamos: fue una de las pocas cosas en las que coincidimos y hasta me diste la razón.
Me voy, cargando con mi alma destrozada, pero en compañía de nuestros demonios, que ya hicieron las paces y me custodian en silencio.