03 de agosto 2025
Tengo la edad suficiente como para tener la capacidad de sintetizar los aprendizajes de tantos años vividos.
Vivo solo. Y no estoy mal con eso. Aprendí a habitar la soledad sin que me pese, sin que me devore. Pero a veces, inevitablemente, llegan ciertas reflexiones, no como cuchillos, sino como ecos suaves que me invitan a desplegar las alas de los recuerdos vividos.
Me hubiera gustado formar una nueva pareja en la que los desequilibrios y los desencuentros no fueran lo normal, a lo sumo la excepción. No digo perfecta, solo más amable. Tuve mis historias, mis afectos intensos y desparejos, y tal vez también mis oportunidades perdidas. A veces uno no elige tanto como cree. O elige desde heridas mal cerradas. Pero esa parte ya pasó, y hoy no me duele como una herida, sino que la contemplo como quien observa un tapiz con colores cálidos y fríos.
Tuve una larga vida de aprendizajes que, tal vez por ser duro de entendimiento, debió ser el rigor y el sufrimiento quienes me sentaran frente a una hoja en blanco, como si alguna voluntad extrema me hubiera exigido escribir una historia.
Es curioso, pero con el paso de los años uno empieza a ver cómo todo aquello que en la juventud parecía urgente, esencial o decisivo, en realidad eran meras fantasías mal direccionadas hacia caminos sin destino.
Las carreras, las conquistas, las opiniones ajenas, el deseo de destacar, incluso ciertas luchas —algunas legítimas, otras vanas— fueron perdiendo peso. El tiempo limó las prioridades, pero no como un acto de resignación, sino de comprensión profunda.
Aún quedan en pie proyectos, nuevos y variados. Pero no ya basados en la edulcoración del ego, sino en la sana diversión de hacer, no lo que nos obliga, sino lo que nos alienta espiritualmente.
Y no hay tristeza, porque solo se trata de un modo diferente de habitar el tiempo. Como si el ruido se hubiera ido, y ahora quedara solo la vibración sutil que sigue sonando en mi interior.
A veces me pregunto si aún puedo decir algo que valga la pena para los demás, y otras veces me sorprendo dándome lecciones a mí mismo.
Pero desde la paz del remanso.
Por eso aún sigo aquí. Tal vez con menos voz, pero con más verdad.