Los coleccionistas de plantas

Ilustración: Kneksooli
“A Candy: te pudimos alejar de la calle, pero no de las malas personas.”

por Paula C. Dreyer

 

08 de marzo de 2025

 

 

 

Pasaron ya cinco años, pero lo sigo recordando como si fuese ese día. Llegaron una tarde de sábado al barrio. Venían de un pueblo, lo que se les notaba en sus ropas y hasta en su manera de hablar.

Descargaron sus muebles en la vereda y saludaron a los grandes, pero a los chicos nos dejaron de lado.

Tardaron varias horas en entrar sus cosas, porque no querían que los ayudaran.

<<Nosotros podemos solos, gracias>>, repetía él cuando algún vecino se les acercaba.

A mi Mamá le llamó la atención la cantidad de macetas y partes de bicicletas que se amontonaban en el pasillo que teníamos en común, y se lo dijo a mi Papá a la hora de la cena mientras tomábamos las últimas cucharadas del guiso de lentejas <<el pasillo parece un basural entre plantas y ruedas>>, exageró Mamá abriendo los ojos <<se nos va a llenar la casa de hormigas, babosas y tuercas engrasadas…>>.

Pasaron los días y fueron acomodando las plantas contra “su pared”.

Había macetas de todos los colores y tamaños. Muchos cactus se veían peligrosos, por eso ni me acercaba.

En un rincón pusieron un pino que tenía forma de arbolito de Navidad, y cada vez que lo veía, me lo imaginaba lleno de lucecitas, de regalos y con una gran estrella plateada en la punta. En mi casa había uno de plástico, pero era más lindo “uno de verdad”.

Un martes llegué del colegio con Mamá, y cuando abrió la puerta de casa, mi perra Candy salió a nuestro encuentro. De la emoción chocó contra la maceta del pino moviéndola. <<¡El culpable de esto es tú Papá!>>, dijo Mamá quejándose. <<No se olvida la cabeza porque la tiene pegada a los hombros… ¿cuántas veces le dije ya que se fije en la puerta del patio antes de irse?>>.

La vecina vio desde su ventana a la perra entre sus plantas y caminó con pasos rápidos hacia nosotras. Me escondí detrás de Mamá, abrazando a Candy. <<¡Va a tener que atar a ese perro Señora!», dijo levantando la voz. <<¡Este pino no se consigue así nomás!>>.

<<Te pido disculpas…>>, dijo Mamá arrugando la cara. <<Igualmente, no le pasó nada a tu maceta…menos a la planta…>>.

La vecina movía las manos en el aire y explicaba que no se llevaba bien con ningún “bicho” y menos con los “changuitos irrespetuosos”. Le pidió a Mamá, casi gritando, que nos tenía que mantener alejadas “de sus tesoros verdes”. Mamá contestaba a todo que sí con la cabeza.

Me levanté sosteniendo a Candy del collar y la llevé adentro. Mamá llegó unos minutos después. Escuchamos cómo la vecina dio un portazo. Siempre que hacía esos ruidos, Mamá decía <<ahí está el espíritu chocarrero>>, pero esta vez se quedó en silencio, sólo dejó mi mochila sobre la mesa y respiró fuerte, tanto que sus cachetes quedaron colorados. <<¡Queda prohibido desde hoy que Candy salga al pasillo!… ¿entendido?>>. La orden de Mamá fue obedecida por todos.

Papá le llevaba la comida al patio para que no ladrara de la emoción al verme cuando llegaba del colegio o volvía de la casa de mi abuela. El jueves a la tardecita, veníamos de hacer las compras y nos tocaron la puerta. Mi Papá los atendió.  Luego nos unimos Mamá y yo: Candy gruñía desde el fondo.

El vecino le dijo que los ladridos no lo dejaban descansar. Ella no hablaba, sólo miraba hacia el interior de casa, con los brazos cruzados. <<Los perros son como diablos … que se meten en donde no deben>>, dijo limpiándose las manos en el mameluco <<y para que haya paz entre los vecinos, cada cosa en su lugar, no? >>.

Candy no se acostumbraba a estar sola por mucho tiempo. Lloraba si no nos veía o no nos escuchaba. Mamá insistía en que no era fácil de controlar: porque la perra siempre estaba atenta a cualquier “amenaza”. <<Maestro…entienda que vengo cansado de mi taller y realmente es molesto escuchar cómo aúlla >>, dijo metiendo una mano en su bolsillo y sacando un cigarrillo que encendió delante de todos. <<Está bien… pero la perra…“hace de perra”>>, dijo Papá con una sonrisa de costado, <<no le puedo poner horarios para que ladre>>.

En medio de la charla, la vecina dio media vuelta, se agachó y cortó un par de hojas secas de una de sus plantas. Las aplastó con sus dedos y las puso sobre la tierra de una maceta. Volvió al lado del hombre sacudiéndose las manos. Papá hizo crujir sus dedos y prometió solucionar el tema de los ladridos. Se despidieron y volvimos al comedor.

Candy seguía haciendo ruidos y Mamá la calló con un par de gritos.

A los pocos días de su llegada, las mascotas del barrio comenzaron a desaparecer. Las vecinas que mi Mamá cruzaban en la calle le preguntaban si no había visto a su gata Michina o a su perro Capataz. Todos sospechaban de los nuevos, pero no tenían pruebas.

El primero en perderse fue un caniche llamado Toby, que era de Zulma, la vecina del primer departamento de la “casa chorizo” donde vivíamos.

Los carteles con fotos y recompensa en australes colgaban de los árboles, pero Toby nunca apareció.

Confieso que de noche rezaba, con los ojos cerrados, para que no le pasara nada a Candy.

<<Es cachorrona… no hay que dejarla salir para nada>>, dijo Papá con los ojos chiquitos mientras tomaba soda. <<Si, ya le dije a la nena>>, contestó Mamá mientras servía el puchero.

En la escuela escuché a los más grandes diciendo que las mascotas no se perdían, sino que “las secuestraban”. Hablaban sobre un circo que había llegado a la ciudad, a pocas cuadras de casa. Que se las daban de comer a los leones: a todos los perros y los gatos que encontraban sueltos en la calle.

Se lo conté a mi Mamá mientras tendía la ropa, pero no le dio mucha importancia. Papá dijo que en el circo no había animales peligrosos: sólo monos y un elefante maltratado. Había conocido al dueño porque lo llamó para que arreglara las luces de un cartel, y por eso pudo recorrer, sin problemas, todo el predio, pasando el límite que tiene el público, caminando más allá de la carpa de lona desgastada con olor a humedad y mal puesta en el estacionamiento del supermercado, la cual, por lo que pudo notar de pasada, en cualquier momento se iba a volar con el viento.

Mientras tanto, en el pasillo había más plantas que antes.

Los nuevos no tenían mucha relación con los demás. Sólo tocaban las puertas para quejarse de Candy o de los gritos de un bebé de meses que Zulma cuidaba.

<<Llegan y creen que pueden poner reglas de convivencia… ¡Quince años hace que estamos acá!>>, dijo Mamá secándose las manos en el delantal, después de lavar unas zanahorias.

Hubo tantos reclamos por el llanto de Candy, que terminó aburrida en el piso de la cocina, porque poco a poco le fuimos prohibiendo que salga al patio.

Era injusto porque la veíamos a la vecina desde la ventana del comedor pasearse como si fuera una reina mientras nosotros vivíamos como dentro de una cárcel.

Pasaba horas cuidando sus plantas: cortaba algunas ramas, le pasaba algodones mojados a las hojas y removía la tierra con una palita de mango azul.

El, de tardecita, apenas bajaba de la bicicleta; se iba directamente al patio y agarraba una manguera roja para regarlas, les hablaba y hasta les cantaba. Un domingo al mediodía, Mamá y Papá salieron como locos hacia el hospital. Les avisaron por teléfono que mi abuela estaba internada; que la habían encontrado tirada en la calle, con algunos golpes en la cabeza y en las piernas.

Era una de las pocas veces que me quedaba sola, y si lo hacía, siempre “bajo llave”. <<¡No le

abrís a nadie!>> dijo Mamá nerviosa <<ya venimos>>.

Me senté tranquila a mirar la tele en el comedor cuando escuché a Candy corriendo. Fui a buscarla y descubrí que la puerta de salida estaba abierta.

Fui hasta el pasillo, miré hacia todos lados y la llamé en voz baja, pero no vino.

Mi vecina estaba cocinando carne con mucho ajo, y eso me daba dolor de panza, así que me tapé la nariz y caminé entre las plantas.

Busqué a la perra detrás de unas hojas enormes que flotaban en un balde lleno de algas, pero no estaba ahí. Seguí revisando entre las macetas, casi en puntas de pies para que no me escucharan.

Se abrió su puerta y temblé.

– ¿Qué haces changuita? ¿qué querés?

– Mi perra no está en mi casa – dije trabándome.

– Y…¿entonces? ¿Pensás que la vamos a tener nosotros escondida?- y rio a carcajadas mientras sacudía un trapo amarillo en el aire.

Me volví a casa con las lágrimas que corrían por mis cachetes a esperar a Mamá y a Papá. Salí un par de veces a la puerta a ver si Candy volvía, pero no lo hizo. <<¿La puerta que da a la calle estaba cerrada hija?>>, me preguntó Mamá, pero yo no estaba muy segura.

A la tardecita Papá intentó preguntarles a los nuevos si habían visto algo, pero tuvo como respuesta una carcajada de parte de él y una cara muy seria por parte de ella. No me animé a acercarme, así que me quedé mirando desde la puerta de mi casa.

Papá volvió con pasos largos y se fue directamente a fumar su pipa al patio. <<¡La perra no conoce lo que es la calle!>> dijo mientras se peinaba su bigote con los dedos y largaba humo por su boca. <<¡No pudo ir muy lejos!>>.

Al otro día, el cartel con la foto de Candy y varios ceros dibujados como recompensa estaban pegados en casi todos los negocios de la cuadra.

Un miércoles, al volver de hacer las compras con Mamá, nos encontramos con Mónica, la vecina de la vereda de enfrente. Con la excusa de saber qué le había pasado a Candy, terminó hablando sobre “sus hijos exitosos”: que se habían ido del país y de lo bien que les estaba yendo.

Con un pequeño tirón en la pollera negra, le avise a Mamá que quería entrar a casa. Me dijo que sí, y me pidió que llamara a Papá por la ventana para que me abriera, que si no respondía enseguida, era porque estaba durmiendo.

Al caminar por el pasillo vi algo brillante en la maceta del pino que tanto me gustaba. Miré hacia la casa de los vecinos y tenían las cortinas cerradas: esa era una señal de que no estaban. Mamá seguía charlando y miraba hacia la calle.

Corrí la tierra con mis manos y desenterré algo que parecía una moneda. Al limpiarla pude leer “Toby” en letras negras. Me levanté muy rápido y la escondí en el bolsillo de mi jardinero. Toqué la persiana, pero después de varios golpecitos Papá no respondió, así que volví con Mamá.

<<Bonita… ¡Qué carita! ¿Estás bien?>> dijo Mónica haciendo bailar el bolso de las compras entre sus dedos.

Dije que sí con la cabeza y apreté la medallita dentro del bolsillo. Me quedé parada al lado de Mamá esperando a que se despidiera. Después la ayudé a sostener la puerta de entrada, porque no podía cargar con todo lo que había comprado y me llenó los brazos con varias bolsas. Al entrar llamó a Papá pero no estaba.

<<Seguro que le salió un trabajo>> dijo Mamá. <<Alcanzame las naranjas de ombligo que las guardo en la heladera>>. No le conté nada sobre lo de Toby. Guardé la medallita en una cajita musical y la escondí debajo de la cama.

El jueves a la noche empezó a soplar un viento muy fuerte que trajo una gran tormenta eléctrica que cortó la luz de toda la cuadra. Según lo que escuché en el silencio, Papá le decía a Mamá entre gritos desde la vereda, que se había caído un palo de luz en la esquina, << que íbamos a estar muchas horas a oscuras>>.

Siempre guardaba una linterna en la mesita de luz, pero esa noche no la encontré, seguro Mamá había hecho la limpieza y la había guardado en otro lado. El ruido de los truenos no me dejaba dormir, así que me senté en la cama.

Entre la lluvia cayendo sobre el techo de chapa y el viento que soplaba con voz de fantasma, escuché a Candy llorar.

Podía reconocer su voz perruna, crecí junto a ella.

Vi su sombra cerca de la ventana. La saludé en voz baja como lo hacía siempre, la llamé con la mano para que viniera, pero estaba quieta y el llanto seguía.

Los relámpagos iluminaron la habitación y era algo más grande, con cuernos y alas que me miraba desde un rincón.

Sabía que era un animal, pero no de los que había visto en las enciclopedias. Me tapé la boca para no gritar.

Esa “cosa” me miraba en silencio, con unos ojos rojos que parecían dos bolas de fuego. Me metí debajo de las sábanas y empecé a temblar. Cerré los ojos y creí que las telas funcionaban como un escudo.

Escuché cómo crujía la madera del piso con pasos pesados. De repente, estalló el vidrio de mi ventana. A lo lejos mi vecino se reía a carcajadas.

Cerré más fuerte los ojos y apreté los dientes. <<Hija…¿Estás bien?…>>.

Volvió la luz, mientras Mamá barría y se lamentaba por tener que llamar al vidriero, Papá decía que quizás una piedra “empujada” por el viento había roto la ventana.

No conté nada sobre el monstruo. Pensé que nadie me iba a creer, solo por tener diez años (recién cumplidos).

Ese viernes no fui al colegio, tenía un poco de tos y me quedé en casa. Mamá fue a pasar un rato con la abuela. La cuidaba una señora que a ella no le gustaba mucho, así que iba “para saber si faltaba algo”. Escondía en el fondo del monedero una listita escrita con lapicera roja, en donde la vi anotar el número de collares, pulseras y anillos que tenía la abuela.

Papá se fue temprano a trabajar al centro.

Mamá me dio un par de recomendaciones: <<ojo con el volumen de los dibujitos, y no vuelques nada sobre el caminito de la mesa>>.

Otra vez sola.

Me quedé en la cocina comiendo buñuelos recién hechos con una gran taza de chocolatada. Mamá había prometido volver temprano y me pidió que una vez que terminara de desayunar, dejara todo sobre la mesada, que ella después limpiaba.

El volumen alto de la televisión no tapó el ruido de la cadena de la bicicleta del vecino recorriendo el pasillo, ni el portazo que dio al salir del edificio.

Me quedé más tranquila al saber que ya no estaba cerca.

Escuché pasos y espié por la ventana.

La vecina empezó a pasar la escoba entre las macetas. Tenía el pelo suelto y un vestido lleno de flores. Estaba de espaldas y vi salir una cola negra de abajo de su ropa. Se movía de un lado para el otro. Era brillante y tenía como pequeñas espinas que iban desde la punta hasta arriba.

Me asusté y me escapé a la habitación de Mamá. Me sentía segura bajo una gran cruz de madera con la cara de Jesús que colgaba sobre su cama.

¿Qué era eso que había visto? ¿Mi vecina era un dinosaurio como los que aparecían en las películas que alquilaba mi Papá en el videoclub?

Esperando que llegara alguien “a salvarme”, me dormí en la cama grande. Me despertó Mamá con sus retos por el volumen de la televisión.

Si le contaba lo de la vecina, seguro me iba a decir que lo había soñado.

Al otro día, saliendo de casa, nos encontramos con muchas bolsas de tierra por todos lados y más plantas. Pero éstas tenían colores raros: amarillos, rojos y azules que se parecían a los que venía en la lapicera “gordita de 10 colores” que me habían regalado en un cumpleaños junto a varias vinchas doradas. Además, tenían frutas parecidas a duraznitos.

<<¡Espero que limpien este desastre!>>, dijo Mamá en voz alta mientras cerraba con fuerza la puerta de entrada.

Fuimos a la carnicería, al almacén y a la mercería. En cada negocio, Mamá contaba sobre “los vecinos molestos”. Nadie decía nada, la dejaban hablar y hasta suspirar enojada.

Al volver, las bolsas de tierra formaban una torre y se notaba la huella de una escoba que llegaba hasta la vereda. Las plantas “extrañas” ya no estaban en el pasillo. Creo que eso tranquilizó a Mamá, o sólo lo disimuló porque Papá le trajo un ramo de jazmines que compró en una esquina.

El miércoles no hubo clases, era feriado y a mi abuela se le ocurrió morirse.

– No lleves a la nena… es una experiencia que no se te borra así nomás….

– ¡Es mi mamá! ¿qué me estás pidiendo?

– Se queda con la imagen de tu vieja “bien” y listo.

 

No me daba miedo ir a un velorio, pero Papá convenció a Mamá de que no era una buena idea juntarme con los parientes más viejos que sólo hablan de muerte.

<<En un ratito volvemos, cualquier cosa llámala a Zulmita que te escucha>>, dijo Papá con voz chiquita>>. <<¡Vámonos de una buena vez!>> – el enojo de Mamá seguía – <<¡No hagas locuras!>>.

Mamá salió antes que Papá. El me saludó con una sonrisa mientras la seguía.

Me quedé en el sillón, comiendo unas galletitas de chocolate que mojaba dentro de un vaso con leche fría.

Me aburría mirando a Los ositos Cariñosos y la Family Game estaba guardada, porque Mamá insistía que jugar mucho era malo para mis ojos y que eso iba a hacer que tenga que usar lentes de por vida.

Pasaron varias horas, ya no tenía nada que comer y el vaso estaba vacío, cuando escuché un gruñido que venía desde el pasillo.

En medias, caminé hacia la puerta. Antes de llegar, vi una sombra negra en la ventana. Escuché un golpe sobre la madera de la persiana y salí corriendo. Me encerré de nuevo en la pieza de Mamá.

Prendí el radiograbador de Papá, el que está sobre su mesita de luz, y me abracé a una almohada. Puse Play en la casetera y empezó a sonar Xuxa. El gruñido se mezclaba con los gritos de alegría de mi ídola.

Pasó un rato, me calmé, bajé el volumen y todo quedó en silencio.

Me agarraron muchas ganas de hacer pis. Con la almohada entre mis brazos, caminé hacia el baño, pero una risa fuerte del vecino me hizo frenar y quedar como una estatua a la que le latía muy fuerte el corazón y a la que se le mojaba el pantalón lentamente.

Se sintió un portazo desde la entrada y ya no se escuchó más nada. Mis papás volvieron muy tarde ese día.

Papá se sorprendió al verme bañada. Mamá apenas saludó y se fue a acostar.

Nunca la había visto tan despeinada y con el maquillaje corrido.

<<Papá…, los vecinos tienen un perro… grande y malo, hoy gruñía en la ventana y…>>.

Me parece que creyó que con una caricia en la cabeza y una sonrisa que apenas se veía se solucionaba todo, porque no me dejó terminar de contarle lo que había pasado. Se sentó en el sillón y se puso a mirar la televisión.

Esa noche Papá y yo cenamos solos, café con leche y pan con manteca. Mamá no salió de su pieza.

Aunque me acosté temprano, no me dormí: escuchaba a Mamá llorar, a Papá tratando de calmarla y el gruñido a lo lejos.

Mamá pasó días encerrada. Papá hacía la comida y casi todos los días compraba en el

mercadito de la esquina prepizzas, queso y aceitunas negras, que eran mis favoritas. Algunas

veces compraba jamón y otras veces fideos. Pero no cocinaba tan bien como Mamá.

Estaba <<prohibido molestarla>>. Así que Papá me llevaba y me iba a buscar a la escuela, hacíamos las compras, él lavaba y tendía la ropa y yo barría la casa.

Un domingo a la tarde, Papá me llevó a la plaza.

Antes de salir, cargué una mochila con algunos peluches y un paquete de galletitas que encontré en la alacena de la cocina. Eran compradas en el almacén porque ya no había postres y tortas caseras, ni ventanas abiertas para que entrara el sol.

Apenas llegamos, Papá se sentó en un banco junto a un hombre que conocía. Este lo invitó a tomar unos mates. Le dejé la mochila a sus pies y me fui a jugar.

Me subí un par de veces al tobogán y no me importó que las mamás de los nenes más chiquitos me miraran mal. Volé un poco en las hamacas y me aburrí.

– ¿Puedo ir a la calesita?

– Sí, decile a Ignacio que te deje pasar …que ya le pago.

Me acomodé sobre un gran pato amarillo que tenía en la cabeza una coronita de flores rosas y blancas. Cuando la música empezó a sonar y la calesita arrancó, me agarré con fuerza y me ensucié las manos con grasa. Sin pensarlo mucho, me las limpié en la remera.

Di una vuelta y me quedé con la sortija. Festejé levantando un brazo, mientras el anillo bailaba en mi dedo.

Sonaba Xuxa con su “ilari ilari eee oh oh oh” cuando vi a lo lejos, entre la gente, a Candy sentada con la lengua afuera y moviendo su cola sin parar. Me bajé de un salto y salí corriendo a buscarla. Como no espere a que terminara “la vuelta”, me ligué el reto de Ignacio. Papá seguía hablando con el vecino.

Esquivé un par de chicos que jugaban a la pelota y vi cómo Candy se alejaba hacia la calle.

Caminé rápido para alcanzarla y ella se escondió detrás de un árbol. Con una sonrisa gigante y los brazos abiertos fui a su encuentro. Cuando le di la vuelta al tronco, no estaba la perra, estaba mi vecina que se reía mientras se limpiaba las manos llenas de arena y tierra.

Quedé dura y di dos pasos hacia atrás. Se me llenaron los ojos de lágrimas y sentí una mano que se apoyaba en mi hombro.

– Hija ¿qué hacés cerca de la calle?…

– La vi a Candy…

– ¿Dónde? – dijo Papá mirando hacia todos lados.

– Ahí – le dije señalando el tronco – donde está ella…

– ¿Dónde está quién?

Delante nuestro no había nadie, sólo un árbol de moras algo doblado hacia delante. Papá se puso serio, me acomodó la mochila en la espalda y me agarró fuerte la mano. Nos volvimos a casa con la excusa de que ya era tarde. Del enojo, se olvidó de pagarle a Ignacio.

Llegamos en silencio. Nos encontramos con la vecina en la entrada que compartíamos, apenas saludó con la cabeza y se metió en su casa.

Papá me mandó a bañar y me miró raro durante la cena.

A Mamá sólo la escuchaba llorar o salir por las noches al baño. Extrañaba que me viniera a dar el beso de las buenas noches o me contara un cuento sentada en el borde de la cama.

<<Tenés que entender que ya se va a poner bien… dale tiempo>>, decía Papá cada vez que le preguntaba por ella.

Hasta que un viernes a la madrugada, escuché unos pasos cortos frenados por las pantuflas que siempre se pone Mamá para ir al baño. Los ronquidos de Papá retumbaban desde el comedor, así que él no era. Seguramente se había quedado dormido mirando el boxeo.

<<¿Mamá?>>, dije despacito desde mi cama.

Como no hubo respuesta, di un salto y caminé despacio hasta el comedor, apoyando mis manos sobre las paredes.

Cruzando por el pasillo, noté que la puerta de la pieza de Mamá estaba cerrada pero la de la entrada estaba abierta. Me acerqué y la vi caminando, como dormida, hacia la casa de los de atrás, de “los coleccionistas de plantas”, como les decía Papá. La seguí, escondiéndome entre las hojas.

Cuando Mamá entró a la casa, la vecina miró para todos lados y cerró la puerta.

Por suerte, no me vio.

Quedé parada sin saber qué hacer: si volver a casa para pedirle ayuda a Papá o espiar por la ventana. Elegí lo segundo.

Me agaché en silencio y me acomodé a un costado de la madera. Apoyé mi cara cerca del vidrio y así logré ver a Mamá sentada frente a una mesa con mucha comida servida, varias velas rojas prendidas, botellas con jugos de distintos colores y las macetas “raras” por todos lados.

El vecino agarró una de esas plantas, la más grande, y se la entregó a su mujer. Ella la olió y tomó una de sus frutas. La mordió y al masticarla se fue transformando lentamente en el monstruo que había visto en mi pieza.

Se acercó a Mamá y mientras le acariciaba el pelo, le pasaba sus garras filosas por la cara y le enrollaba la cola en la espalda, la obligó a comer lo que quedaba de la fruta.

Quería gritar, pero no me salía la voz.

El aplaudía con fuerzas mientras levantaba una copa con un líquido rojo en el aire. Mamá tembló y cayó al piso. El hombre la levantó y la sentó nuevamente frente a la comida.

Mamá sacudía con fuerza una gran cola que salía desde su camisón. En un plato había una carne extraña que comió gruñendo y babeando. Se atragantaba con los pedazos que sacaba de una fuente transparente y luego lamía sus largas garras.

Toqué el vidrio de la ventana al intentar ver más de cerca, y el vecino giró su cabeza hacia mí. Me vio, y sonrió; y yo salí corriendo hasta mi casa.

Entré agitada, y noté que la luz de la cocina estaba prendida. Pensé que estaba Papá tomando un café pero me encontré con Mamá sentada en una silla, con los brazos apoyados en la mesa y su cabeza sobre ellos. A su lado, había una planta de colores brillantes de la cuál colgaban “duraznitos”. <<¿Mamá?>>, dije caminando hacia ella.

No contestó pero levantó su cabeza y me frené al ver sus ojos blancos, parecía una muerta. Acercó la maceta a su cuerpo y acarició las hojas de la planta que iban cambiando de color a medida que sus manos la rozaban. Pasaba del amarillo al verde y del verde al rojo.

Di varios pasos hacia atrás y me quedé temblando. Ella se levantó y se acercó a la cocina para revolver algo que se estaba cocinando. Cuando destapó la sartén, sentí mucho olor a ajo y me tapé la nariz con las dos manos. Cantaba en voz baja mientras hacía círculos con una cuchara de madera en una salsa que hacía burbujas. Me acerqué para ver que estaba preparando y grité con todas mis fuerzas al ver la cabeza de Candy flotando entre cebollas, ajos y zanahorias.

Papá llegó corriendo, en calzoncillos y medias, <<¿Qué pasó?>>.

No podía dejar de llorar y quise abrazarlo, pero al ver a Mamá, me ignoró. Caminó hasta donde estaba ella y se acercó a la sartén para oler la comida.

<<Uh, ¿sabés cuánto hace que quería comer esto?>>, dijo pasando su lengua por los labios de forma exagerada.

Mamá siguió haciendo ochos en el caldo con la cuchara, mirando fijo hacia los azulejos de la pared. Papá fue a ponerse una remera y un pantalón para “cenar” a las tres de la mañana. Me sequé las lágrimas con mi remera y quedé parada tratando de tranquilizarme.

Cuando Papá volvió, ya cambiado, me dio un vaso de agua y me preguntó varias veces que había pasado.

Tenía miedo de contar lo que sabía, porque Mamá mientras ponía el mantel, los vasos y acomodaba la maceta como centro de mesa, no dejaba de mirarme. Sus ojos habían vuelto a tener color.

Papá me pidió que me sentara junto a él, mientras Mamá servía una especie de guiso con verduras y pedacitos de carne en dos platos hondos. Yo no quise.

– Lástima que no está Candy para darle los huesitos- dijo Papá pasándole la lengua a la cuchara.

– Hay que aplastarlos y ponerlos en las macetas… a las plantas las ponen fuertes- opinó Mamá mirando las hojas de colores.

– ¿Desde cuándo sabes tantas cosas de las plantas? – le preguntó Papá, y rio.

Esa noche tampoco dormí.

Mamá y Papá se quedaron hasta la mañana charlando en voz alta en la cocina.

El lunes, cuando volví del colegio, entramos a casa con Papá y vimos plantas por todos lados. Mamá las acomodaba según el tamaño y el color. <<Hoy vino María de los Ángeles, la chica de atrás… y me las trajo de regalo>>, dijo sonriente Mamá. <<Cuando vuelva Luquitas de la bicicletería, me alcanza algunas más… ¿no son lindas?..>>.

Papá me miró e hizo señas con sus manos para decirme que Mamá estaba “loca”. Ella pasó por su lado, le guiñó un ojo y lo empujó suavemente con sus caderas. Abrió el horno y sacó una carne con mucho olor a ajo. La puso sobre la cocina y fue en busca de los cubiertos.

Papá me mandó a lavarme las manos y antes de sacarme el guardapolvo, escuché a un perro llorando en el patio. Esperando a que sea Candy, salí casi corriendo. Pero me encontré con un caniche atado a la pata de una mesa de cemento que usaba Mamá para tomar mates en verano. El perro me vio y se escondió.

Me acerqué para agarrarlo, pero me frené al escuchar la voz de Mamá. <<¡No lo molestés!…

¡no quiero que se asuste!>> dijo Mamá, y corrió una maceta con un cactus hacia donde daba el sol.

Papá apareció un rato después, masticando un pedazo de la carne que había “robado” y preguntó por el perro.

– Lo encontró “Angie” y me pidió que lo cuidara un día o dos…

– ¿Quién?

– ¡No te hagás el tonto che!…

– ¿Desde cuándo tanta confianza con la loca esa?

– ¡No le digas así!…

Al otro día, el perro ya no estaba en casa, y Mamá pasó toda la madrugada picando carne para hacer empanadas. No las probé, pero a Papá le encantaron.

En el almuerzo Mamá contó que el perrito ya había sido “adoptado”.

Con el tiempo ya no nos parecía raro que aparecieran perros que duraban un día en casa. Sí, sólo un día. Papá me pedía que por favor no me encariñara con ninguno.

También nos fuimos acostumbrando al ajo frito y a la carne negra “de oferta”.

Creo que Papá no ve lo que yo veo: los hocicos flotando en el caldo, o las patas huesudas (que no son ni de chancho ni de vaca, y menos de pollo) con las que Mamá recibe aplausos a la hora del almuerzo o la cena. Además, llena la cocina de ollas burbujeantes en la época que cosecha sus duraznitos y hace mermeladas para toda la cuadra.

Desde hace un tiempo no como nada de lo que ella prepara. Prefiero las ensaladas de frutas o las verduras sin cocinar y, a veces, me lleno con los caramelos que compro en el kiosco de la escuela.

Ahora duermo tranquila y con la luz apagada desde que la cruz gigante se mudó a mi pieza, porque a Mamá le traía malos recuerdos y era el único lugar que quedaba para ponerla, en donde no había plantas “con abono especial”.

No quería que nadie supiera que muchas veces veía la cola espinosa de Mamá cuando iba a bañarse y dejaba la puerta entreabierta. Ella intentaba controlarla pero se movía para todos lados y siempre encontraba pedacitos de escamas en la bañera.

Trataba de no tenerle tanto miedo; algunas veces hasta me parecía graciosa y lo escribía en mi diario íntimo para reírme leyéndolo una y otra vez.

La vecina le seguía regalando “gajos” de sus plantas, y Mamá le agradecía con tortas y galletitas.

Se visitaban, salían a pasear y “rescataban perros” juntas. Y por lo que escuché en una merienda, estaban pensando en crear “un refugio para animales abandonados”, aunque Papá no estaba muy convencido con la idea.

Mientras tanto, mi colección de chapitas con nombres de perros creció bastante, ya que Mamá me las dejaba de “regalo” en la mesita de luz. Según ella, los dueños de los “rescataditos” se las daban como recuerdo. Pero mi favorita seguía siendo la de Toby.

Lucas, el vecino, me regaló una bicicleta que arregló en su taller para que salga a pasear por la plaza, pero como no me gustaba mucho, la dejé apoyada en el patio. Al poco tiempo, con la lluvia y el sol se fue oxidando y mamá la usó para llenarla de macetas.

Zulma se ofendió con Mamá y le dejó de hablar porque se enteró de que “la nueva” pasaba demasiado tiempo en casa y hasta tenía una copia de nuestras llaves por “si pasaba algo”. Ya no nos saludaba como antes, y Papá dejó de hacerlo también.

Ahora no sólo hay plantas en el pasillo, la “selva” ha llegado hasta la vereda.