07 de junio de 2025
El juicio no empieza en tribunales. Comienza mucho antes. A veces con un golpe seco en medio de la calle. Como le pasó a Julia Ledesma, una estudiante del profesorado en educación inicial, el día que se dirigía a su primera práctica profesional empujando el cochecito en el cual llevaba a su hijita de un año.
Era un frío martes de invierno cuando ocurrió el hecho. Caminaban por la vereda norte del puente Achával, rumbo al Colegio San Gregorio. La bebé iba dormida en su cochecito rojo. Julia, nerviosa pero ilusionada, repasaba mentalmente la canción que iba a cantar con los chicos. Cruzó la senda peatonal con el semáforo a favor. No lo vio venir.
El Renault R11, color gris con vidrios polarizados giró en seco, sin señalizar, sin mirar. El golpe la arrastró. El cochecito salió volando. Julia cayó al suelo, su pierna destrozada, su corazón partido. Los testigos gritaron. El conductor intentó irse dándose a la fuga. Alguien se le paró enfrente. Otro llamó a emergencias. El mundo siguió girando.
En la ambulancia, mientras la morfina hacía su trabajo, Julia no pensaba en abogados ni en jueces. Pensaba en su hija, en la práctica perdida, en cómo volvería a caminar.
Para ella, el juicio que vendría sería el único de su vida. Su apuesta total. Su entrada —sin desearlo— al tablero de un juego que desconocía.
Un cliente entra a tribunales con el corazón en la mano. Llega herido, angustiado, con una historia que lo desborda. Busca justicia, o al menos reparación. Para él, es la primera y quizás única vez que verá su vida desmenuzada en un expediente. No entiende del todo cómo funciona la ley, ni por qué las cosas toman tanto tiempo. Pero quiere ganar. Apuesta todo, sin reservas, como quien juega su última ficha. No sabe que acaba de entrar a una partida que no domina.
El abogado litigante lo recibe con temple. No puede dejarse arrastrar por la emoción, porque ya ha pasado por esto muchas veces. Su tarea no es solo representar, sino equilibrar: traducir el grito en argumento, el dolor en pretensión.
El juega todos los días; lo sabe bien: el juicio no se gana con desesperación, sino con estrategia. Conoce el derecho, a los colegas, a los jueces, a los tiempos de la justicia. No puede permitirse errores. Porque no juega una partida, sino muchas. Y en cada una se juega su nombre, reputación y profesionalismo.
Sabe también los vericuetos de la ética del profesional. Como decía el gran Eduardo Couture, «ama tu profesión»; es el primero de los diez mandamientos del abogado. Porque si el abogado no ama lo que hace, no puede respetar al otro ni sostener el peso que conlleva representar a alguien ante la justicia. Y debe, también, «ser leal con el cliente que confía en ti, con el adversario que se enfrenta a ti y con el juez que debe decidir».
En la primera consulta en su estudio, cuando revisó la actuación sumarial de la policía, las constancias médicas y buscó en el registro del automotor al titular del Renault R11 sentía aún la resaca de la noche anterior. Cuando encontró el nombre del dueño del vehículo pidió informes de dominio, de ingresos y de situación laboral; de solvencia y, en fin, todo aquello a lo que ya estaba acostumbrado desde hacía años.
—No tiene seguro, Julia —le dijo en voz baja, sin rodeos—. Y tampoco tiene bienes. Es jubilado, cobra la mínima. Si te lo digo es porque necesito que entiendas que, aunque tengamos razón, ganar el juicio no siempre significa cobrar. Y cada paso cuesta tiempo, energía y plata.
Julia lo miró en silencio. Tenía una férula en la pierna, moretones aún visibles y la hija dormida en brazos.
—Quiero que quede escrito lo que hizo —dijo al fin—. Que por lo menos quede.
En ese momento supo Bruno que ese juicio no era sólo por dinero. Era por dignidad, para dejar constancia, para sostener la memoria del agravio. Porque para algunas personas, una sentencia es más que un papel. Es reparación moral.
Pero el tablero no se mueve solo. El abogado de la contraparte —un litigante hábil, veterano y vestido con mucho dinero — contestó la demanda negando todos los hechos. Afirmó que su cliente no conducía el vehículo, que no existía señal de PARE, y que Julia cruzó imprudentemente. La jugada era clara: instalar la duda. El conflicto no era sólo de prueba. Era un juego de estrategias cruzadas.
Bruno Fierro, abogado de Julia, no se sorprendió. Sabía que cada negación era una maniobra legítima, aunque dolorosa. Sabía también que no había póliza de seguro. El vehículo estaba a nombre del conductor. Dueño y guardián eran la misma persona. Pero era insolvente. Y allí comenzaba otra partida: la de cómo ejecutar una eventual sentencia condenatoria.
El expediente creció con informes, testimonios, pericias médicas y planillas de movilidad; jurisprudencia y doctrina. La audiencia preliminar fue larga. Julia habló entre lágrimas, mientras Bruno le decía lo que debía hacer y decir en el momento oportuno. Bruno hiló fino. El colega de la contraparte mantuvo el tono correcto. Ambos sabían que jugarían otro juicio juntos al día siguiente.
Pero hay otro jugador en este tablero. Uno muchas veces invisible para el ciudadano común: el abogado que habita tribunales. El funcionario, el secretario, el juez, y todos esos abogados y peritos o escribientes que llevan una vida en las sombras de las paredes de los tribunales. No litiga, pero decide. No redacta demandas, pero resuelve sobre ellas. Su tarea es otra, más silenciosa pero no menos crucial: hacer valer la ley; interpretarla, aplicarla. Hacer justicia en un mar de papeles. Para él, cada expediente es un dilema ético, una oportunidad de aplicar otro de los mandamientos del viejo Couture: «Piensa… el derecho se aprende estudiando, pero se ejerce pensando» (mandamiento 3).
Mientras el cliente transita con angustia un proceso que no entiende, y el abogado litigante navega con precisión en el campo minado del proceso, el operador judicial sostiene la estructura. Tiene el deber de «tener fe en el derecho como el mejor instrumento para la convivencia humana; en la justicia como destino normal del derecho; en la paz como substitutivo bondadoso de la justicia y, sobre todo, tener fe en la libertad, sin la cual no hay derecho, ni justicia, ni paz», como decía Couture.
Para el cliente, el juicio es único; para el abogado, cotidiano; para el funcionario, ineludible. Y para todos ellos, el derecho es más que un conjunto de normas: es una práctica constante de valores.
Por eso, entre quienes lo ejercen cada día, existe una máxima tácita pero esencial: primero los colegas, después los clientes. No como favoritismo, sino como salvaguarda del oficio. Porque el cliente miente, exagera, sufre y desaparece. Pero el colega se queda. Y la partida continúa.
La audiencia complementaria fue tensa. Una sala pequeña y saturada por el olor a desodorantes de ambiente; llena de micrófonos y cámaras de filmación; escritorios atiborrados de papeles y notebooks. Bruno expuso tranquilo, con la carpeta abierta y las fotos impresas. Pero cuando tomó la palabra el abogado de la defensa, algo se quebró.
—Mi mandante niega los hechos —dijo en voz firme—. Niega haber sido el conductor. Desconoce a la actora. Niega lesiones. No hay prueba directa. No hay nexo de causalidad adecuado con el hecho demandado.
Julia se revolvió en su silla. Bruno entrecerró los ojos. No porque no esperara la negación, sino por el tono. Porque el juego ya no era sólo técnico: era de desgaste. Y entonces fue cuando habló.
—¿Me permite, Señoría? —dijo.
La jueza asintió.
—El derecho a defensa no ampara la ficción. Mi clienta fue embestida, frente a testigos, por un vehículo registrado a nombre del demandado, que además huyó. Que hoy venga a este tribunal a decir que no la conoce, que no conducía, que no ocurrió… no es sólo desleal: ¡es una falta de respeto a este proceso! ¡No es prueba lo que falta! ¡Es vergüenza!
Un silencio denso llenó la sala. El abogado contrario golpeó la mesa con la palma abierta.
—¡Objeción! ¡Ese tono no corresponde! ¡Estamos en sede judicial!
La jueza alzó la mano.
—Ambos, moderen el lenguaje. Y continuemos.
Al fin llegó el día de la sentencia. Fue una sentencia de equidad para con la víctima: clara, justa, reparadora. La jueza reconoció la responsabilidad del conductor, la existencia y la cuantificación del daño, la legitimidad de la pretensión. Se hizo justicia. Julia lloró. Bruno no. Sabía que el juego no había terminado.
Porque ejecutar la sentencia fue otro laberinto. El demandado no tenía bienes, ni trabajo en blanco ni póliza de seguro. El título condenatorio era incobrable. Julia tenía razón. Tenía su fallo. Tenía un papel. Y aun así dolía…
El fallo fue ejemplar. Pero también lo fue la decisión previa de Bruno, quien sabía que, en este juego, no siempre se gana con la sentencia. A veces se gana con la estrategia de saber cuándo vale la pena jugar, y cuándo no. Así y todo, eligió seguir.
Porque el derecho no es sólo el cálculo de resultados. Es también un acto de fe: en el sistema, en la dignidad, en la palabra escrita.
Julia no cobró. Pero ganó…
Bruno no facturó mucho. Pero cumplió…
Y el juicio, aunque concluido, dejó una marca que no prescribe: la de haberle dado sentido a una injusticia y haberla escrito en el lenguaje de la ley.
En este juego silencioso, donde cada palabra tiene peso y cada decisión puede cambiar una vida, lo que define al abogado no es sólo su saber, sino su integridad. Porque, al fin y al cabo, esta profesión no es sólo técnica, es vocación, es ética… es coraje.
A la salida de tribunales, Bruno se metió en el Starbucks y pidió un café irlandés …, «¡uno doble, Johnny!»