La novela policial como forma literaria de introducción a la filosofía

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Podemos considerar a la novela policial como un apropiado género literario de introducción a la filosofía. Aunque a primera vista resulte algo extraña esta proposición, la realidad es que la novela policial tiene más relación con la filosofía de lo que generalmente se piensa.

Ya sea por la forma, la materia o la finalidad, llegamos a la conclusión de que la novela policial misteriosamente se identifica con la filosofía o linda sus fronteras; ambas poseen un objeto común de investigación; dicho objeto es la verdad a la que aspiran tanto la filosofía  – si descontamos algunas corrientes de pensamiento relativistas – como la novela policial; la búsqueda de la verdad en una y otra es metódica y científica, lo que las acerca todavía más y las diferencia de otros géneros literarios, quizás más estéticos, en los cuales no hallamos siempre ese rigor científico, o la verdad no es el objeto determinante de la trama. Si bien este objeto está oculto detrás de un argumento de investigación que ronda el crimen, lo que en última instancia pretende el héroe de la novela es encontrar aquella verdad, descubrir al culpable y despejar las dudas con relación al inocente. Como nota de color, podemos mencionar de pasada el interés que ha despertado la novela policial en diversos escritores e intelectuales desde el siglo XIX hasta la fecha, que o bien escribían novelas policiales con cierta profundidad filosófica, como en el caso de Dostoyevski y Friedrich Dürrenmat, para citar algunos, o que simplemente eran en su tiempo libre asiduos lectores de novelas policiales, como acontecía con Jean-Paul Sartre.

El interés por descubrir la verdad de los hechos es algo que mantienen en común tanto la investigación policial, o detectivesca, con la filosófica: tanto la una como la otra poseen un objeto determinado el cual aspiran aprehender en su totalidad: este objeto es la verdad; y metodologías y principios semejantes de investigación, por ejemplo: el principio de causalidad, la utilización permanente de los fundamentos de lógica formal, la observación y recopilación de material; análisis de pruebas y datos; la reflexión sobre los hechos, las deducciones a prioribasadas en ciertos indicios preliminares (muy kantiano ello), etc. Al mismo tiempo, es necesario destacar la diferenciación más esencial entre la novela policial y otros géneros literarios que pueden contener ocasionalmente la misma categoría que utiliza ésta, pero en otra dirección o con otra finalidad; esta categoría especial es el elemento policial o tono jurídico – forense, la cual le presta su característica distintiva. Sin este elemento propio, nos encontraríamos ante una novela de otra especie, como la Mme Bovary de Flaubert, o alguna de las novelas de Balzac. En cualquier otra especie literaria no es determinante la categoría verdad, ya que puede transitar por otros caminos de análisis con sus propios objetos de interés, como pueden ser el psicológico, el social, el afectivo, etc. Pero en la novela policial ¿qué detective, qué policía, o qué tercero oficioso en descubrir al culpable y salvar al inocente no está interesado en saber la verdad? Aunque más no sea, hay que admitir que la víctima sí estará interesada en que se sepa la verdad; pero no siempre es el caso. Esto no significa que en la novela policial no encontremos estos mismos elementos u objetos que hallamos en otros géneros literarios; lo que sucede es que en el policial estos llevan necesariamente a cometer un crimen, que generalmente es un asesinato.

Las semejanzas entre la filosofía y la novela policíaca nos llaman a la reflexión sobre este hecho tan provocativo. La materia prima con la cual se nutre una novela policial puede contener una serie de cuestiones propiamente filosóficas: éticas, jurídicas, científico -forenses, existenciales, psicológicas, sociológicas y hasta ontológico – teológicas (sólo hay que repasar los cuentos policiales en el candor del padre Brown, de Chesterton, para percibir esto).

Sin ir más lejos, Agatha Christie hace la analogía en cinco cerditos entre el asesinato de Amyas Crale y la muerte de Sócrates citando el Fedón de Platón, siendo una de las autoras de novelas policiales que quizás haya recurrido con mayor frecuencia a la utilización de referencias filosóficas, incluida la teoría marxista, en sangre en la piscina.

En el caso de Sherlock Holmes, de Conan Doyle, si bien se describe a un detective muy poco aficionado a la filosofía, guarda relación con ésta de forma indirecta, ya que las inclinaciones de Holmes por el estudio de la química lo ponen en el ámbito de las ciencias naturales y exactas que, como sabemos, son – o lo eran – una parte importante de los estudios filosóficos. De cualquier manera, la dialéctica utilizada a menudo por Holmes al presentarle a su fiel amigo, el doctor Watson, cuestiones relacionadas con un caso difícil de resolución no deja de evocar de algún modo las preguntas realizadas por Sócrates-Platón a sus amigos y discípulos sobre algún tópico de estudio.

En cuanto a la novela policial francesa, el policial noir de Georges Simenon nos sitúa en un ámbito de análisis distinto. Aquí nos adentramos en un terreno más psicológico en lo que respecta a la metodología narrativa como a la ambientación. El comisario Jules Maigret, ese personaje inolvidable creado por Simenon, no es precisamente un arquetipo de intelectual, sino más bien el de un hombre común que ha llegado a cierta posición social por medio de su ascensión dentro del Quai des Orfèvres de la policía judicial, pero que justamente por ello mantiene los pies bien sobre la tierra, sin dejar por ello de emplear una psicología de una sutileza tal que sería la envidia de Freud. Como sea, nos remite de algún modo a esa psyché o alma humana estudiada ya por los filósofos clásicos y escolásticos, y que es tanto el objeto de interés de Maigret como de Platón, así como de San Agustín o Santo Tomás. Para el comisario Maigret, el estudio de los caracteres de los protagonistas de la tragedia, que observa como si fuese un espectador de teatro griego, son tan importantes, si es que no más, que los mismos hechos que a veces le pueden resultar meros fenómenos que ocultan otra realidad. El develamiento de lo que se encuentra por detrás de esa realidad fenoménica es la misión que Maigret se ha impuesto y que no siempre, una vez hallada la verdad, será capaz de aplica el rigor de la ley, dejando en determinados casos en libertad al culpable, como suele hacerlo también el padre Brown de Chesterton.

Si Poe no fue el primer escritor en inventar la novela policial – no lo podemos saber a ciencia cierta -, al menos sí fue el primero en introducir en el mundo literario el cuento analítico. Por lo menos éste es el parecer de Cortázar, que realizó una traducción maravillosa a las obras en prosa del escritor norteamericano, quizás la más importante que se haya escrito. El sistema analítico de Dupin es del detective que, al estilo de Holmes, analiza con meticulosidad todos los hechos más insignificantes a primera vista para el común de los mortales, pero que adquieren una relevancia de peso específico cuando son enlazados entre sí, y presentados por él con naturalidad y fría eficiencia. Tanto en los crímenes de la calle Morgue, como en el misterio de Marie Rogêt, Poe desarrolla una macabra danza de ingenio que nos permite alcanzar ese mundo inteligible propio del pensamiento filosófico, e introduce en el mundo de la literatura lo que se podría denominar como cuento policial – analítico.

La novela gótica anuncia lo que sería más tarde la novela policial. En Edgar Allan Poe, esta alianza es una casualidad o también un producto de circunstancias particulares que lo determinan en ese sentido; lo macabro, el misterio propio de las sombras, el peligro de las calles en noches oscuras y neblinosas, son el escenario propicio para que Poe deje navegar su imaginación en los anchos mares de la literatura y la fantasía.

Siguiendo el mismo tono poético-gótico de Poe, podemos mencionar también a Gastón Leroux y su enigmática obra el misterio del cuarto amarillo,  y de su no menos misterioso héroe, Joseph Rouletabille. El policial de Leroux linda con lo fantástico, con el misterio de folletín del cual desciende, según algunos críticos, la novela policial moderna. Sus métodos remedan al Holmes de Doyle y al chevalier Dupin de Poe, pero le agrega una cuota extra de pasado secreto al personaje, que se verá duplicado y triplicado en otras de sus novelas, cambiando incluso el propio carácter, lo que no sucede con aquellos dos.

Podríamos decir que la novela policial es una metamorfosis o evolución del gran tronco literario que desde Homero hasta aquí – como lo destacó un filósofo y escritor francés del siglo XX (1) al referirse a la literatura en general -, atravesó distintas etapas de desarrollo evolutivo hasta convertirse, aplicando la tesis de Darwin a las letras, en una especie o subgénero de caracteres diferenciales propios.

Si bien es cierto que el género policial es bien distinguible de otras especies, podemos encontrar en la larga historia de la literatura universal otras producciones que guardan cierta analogía con éste. Una es el caso del Edipo Rey de Sófocles, en donde encontramos una semiestructura o simiente de la novela policial moderna. Después de desarrollarse lo que podríamos denominar un proceso judicial rudimentario, Edipo es culpado de la peste siendo inocente, y esto es debido a que no se encontraba aún desarrollado en aquellos tiempos (siglo V antes de Cristo) el espíritu científico – cristiano, y hacía que las producciones trágicas estuviesen teñidas de esa forma sacrificial propia de los tiempos paganos (forma que aún perdura hasta nuestros días, aunque con otras características). La genética de la novela policial podemos decir que es, siguiendo el argot del darwinismo, una herencia que se remonta a tiempos pretéritos, debido a que, en última instancia, lo que se pretende en un argumento policial es encontrar al culpable o culpables a los fines de restablecer el equilibrio de un orden que se ha descompuesto, como lo vemos por ejemplo en el drama tragicómico estilo barroco de Lope de Vega y su nuevo arte de hacer comedia, Fuenteovejuna, en el cual el pueblo todo haciendo uso manu militari restablece un orden que ha sido violado matando en linchamiento público al Comendador Gómez de Guzmán, similar en esencia al argumento empleado por Agatha Christie en asesinato en el Expreso de Oriente.

Las especies o variedades en tal sentido pueden ser halladas en otras tierras remotas, en lo cual coincidimos con Darwin no sólo en cuanto al punto de la evolución, sino también en lo referente a la dispersión desde un tronco y un espacio geográfico común. Lo que varía en todo caso, como dirían los estructuralistas, son las funciones o intenciones de la narrativa y su significación.

Así, en Rusia encontramos en el siglo XIX algún que otro ejemplo análogo en la obra de Dostoyevski. Si bien en crimen y castigo no estamos en presencia de una forma de novela policial típica de estilo enigma, sí podemos decir que guarda muchas semejanzas con ésta. El asesinato de la vieja usurera Aliona Ivánovna cometido por el joven estudiante Raskólnikov, entraría en lo que aproximadamente se podría catalogar como novela policial abierta. Lo policial en este caso pasa a un segundo plano, ya que es meramente accidental, como sucede con los hermanos Karamázovi. Lo importante en la obra de Dostoyevski no es el hecho policial en sí, sino el sumergirse en las profundidades del alma humana a los fines de indagar todas sus posibilidades: remover en lo más profundo de la conciencia hasta dónde es capaz de llegar el hombre que ha renegado de Dios y se ha autoproclamado un fin en sí mismo; árbitro indiscutido de su propio designio, se convierte en juez y verdugo. Estas inquietudes morales las podemos hallar también, distantes del mundo eslavo, en el tercer hombre de Graham Greene, obra en la cual encontramos, a modo de boceto, temas que preocupan a Dostoyevski: la cuestión del bien y del mal, la existencia de Dios, la libertad humana, el tomar la decisión correcta, cueste lo que cueste, etc. En esta obra, que en un principio fue escrita como argumento para una película, el escritor británico plantea la cuestión – dentro del marco de un crimen del tipo misterio -, de la contraposición entre los valores y afectos. La amistad y la lealtad aquí se enfrentan a la verdad pura, sin aditamentos; el amigo debe decidir entre el afecto y el recuerdo de aquéllas y la verdad de la culpabilidad del amigo de la infancia.

Es la novela policial, con sus derivaciones o variedades de tipos, un género que recomiendo a los lectores interesados en indagar en algún momento sobre cuestiones filosóficas más rigurosas o de difícil lectura. La literatura en general es una puerta de acceso predilecta que nos prepara para zambullirnos en el mundo de las abstracciones filosóficas. La novela policial, particularmente, es un género que no por su amena lectura deja de contener (cuando es una obra seria) unas profundidades que la aproximan a la filosofía, o que al menos nos permite distraernos por unas horas sin pérdida hasta volver otra vez a cuestiones filosóficas más abstractas.

Puedo decir, por propia experiencia, que la idea, el proyecto, el diseño esquemático de la trama y la redacción preliminar de una novela policial, es una de las tareas más arduas con las que me he topado; esto, que sin dejar de ser muy subjetivo, ratifica de algún modo lo que traté de probar aquí en este breve artículo: que el género policial lejos de ser una especie de menor categoría dentro de la gran familia literaria, puede llegar a ser uno de los más importantes y serios.

(1) “toda obra literaria es ya una Ilíada, ya una Odisea”. Gerard Genette, refiriéndose a un comentario ¿en broma? del escritor francés Raymond Queneau; en Estructuralismo y Crítica Literaria, ed. Universitaria de Córdoba, 1967.