El frío pasa igual

Ilustración: Daniela Folonier
Eran las tres de la tarde, hacía frío y se sentía el típico viento de otoño. Irene siempre pensó que era una estación engañosa en la que la gente salía de su casa con poco abrigo pensando que no iba a hacer mucho frío. Pasaban las horas, se caían las hojas, y esa misma gente se arrepentía de haber dejado la campera colgada. Como ella se arrepentía de tantas otras cosas.

 

por Agustina Bustos

 

29 de noviembre 2025

 

«Se consumía para todos, excepto para él».

                      A. Poe, «El Retrato Oval».

 

Eran las tres de la tarde, hacía frío y se sentía el típico viento de otoño. Irene siempre pensó que era una estación engañosa en la que la gente salía de su casa con poco abrigo pensando que no iba a hacer mucho frío. Pasaban las horas, se caían las hojas, y esa misma gente se arrepentía de haber dejado la campera colgada. Como ella se arrepentía de tantas otras cosas.

Caminaba por esa cuadra por donde pasó durante muchos años todos los días. Esa cuadra antigua llena de edificios viejos pero hermosos. Aunque ya no la sentía suya, porque estaba temerosa de cruzarse a Bruno. Desde que se fue, ella comenzó a evitar caminarla; todos los días buscaba una ruta alternativa. Esa cuadra pasó entonces a sentirse desconocida y vacía. O llena, pero no de lo que sentía antes.
El simple hecho de pensar en verlo le generaba más miedo del que ya tenía, se le secaba la garganta y se le aceleraba el corazón.  El miedo la consumía, la había convertido en una sombra. Un simple espectro de lo que solía ser, y cualquiera que la hubiera mirado a los ojos lo habría notado.

 

Irene siempre se acordaba de la frase que decía «el miedo nace del alma», pero disentía, o al menos no era así para ella. Lo veía como una especie de monstruo. Y de verdad lo veía, había aparecido un día en su habitación, en una esquina oscura. Cuando prendió la luz para ir al baño y lo vio se asustó muchísimo. Primero se tapó la cara con las sábanas esperando que desapareciera y espió por un costado. Pero seguía ahí, tan quieto que podría haber sido una silla con una pila de ropa, aunque no lo era. Llamó a su mamá aterrorizada, pero ella no pudo verlo y la miró con esa cara que ponen las madres cuando se preguntan qué hicieron mal con sus hijos.

 

Era difícil describirlo porque cambiaba de forma. El monstruo había aparecido gracias a Bruno, él se lo había dicho. Su presencia le impedía comer, sentía su olor a podrido cuando estaba sentada en la mesa tratando de cenar con su familia y la miraba de reojo. También hizo que durmiera cada vez menos, la aterrorizaba pensar en que la iba a acariciar si cerraba completamente los ojos. Porque a esas alturas ya compartía la cama con ella. Cada día parecía más grande y ocupaba más espacio en su habitación. Al menos, eso pensaba Irene. A veces sentía que se le metía en el cuerpo y le costaba respirar. Cada vez que ella fingía ignorarlo, el monstruo encontraba maneras nuevas de hacerla sentir miserable.

Cuando caminaban por la calle ella se preguntaba si algún otro lo veía, pero los demás eran como su madre y no como ella. Él iba dejando marcas y rastros a su paso, como cuando uno saca la bolsa de la basura para llevarla afuera y chorrea.

A pesar de haber elegido evitar esa cuadra por tanto tiempo, ese día frío eligió caminarla. No pregunten por qué, son esas cosas que las personas hacen sabiendo lo que los espera del otro lado. Y así, como si no lo intuyera, se lo encontró. Lo vio antes de que él la viera; en el fondo Irene lo estaba buscando. Él caminaba con su forma de siempre, esa manera despreocupada y natural que tenía de ser, o así era como elegía verlo. Se quedaron ahí, mirándose. El monstruo le dijo a Irene que fueron horas, pero sabía que no había sido más que un rato. Como de costumbre, él se ponía del lado de Bruno.
Ella no lo veía hacía unos meses, parecía poco, pero sentía que ya no sabía quién era. O que nunca lo supo.

De ese modo se miraron; el monstruo e Irene siguieron caminando como si nada, como si verlo no importara. Bruno pasó de largo. Ella volvió a su casa.

 

Las pocas veces que Irene podía dormir, soñaba sueños que se transformaban en pesadillas cuando se despertaba: varias, o casi todas las veces, la historia transcurría de otra forma. Él la veía y dejaba de caminar, la abrazaba y le decía que la quería, que extrañaba la manera en que lo miraba, que lo que pensaba no era así. Irene le respondía que se lo tenía que demostrar.
Ella se quería olvidar de él, de todo lo bueno y de todo lo malo. Porque nunca se habría ido ante la aparición del monstruo, pero hubo un día en el que Irene ya no pudo soportarlo más. Estaba por todos lados, como el frío en el otoño. Trató de sacárselo de adentro, buscó un cuchillo tramontina en la cocina y empezó a cortar. Solamente se detuvo cuando escuchó que se abría la puerta. Al entrar, Bruno ni siquiera notó que ella estaba sangrando. Él y el monstruo se parecían, sobre todo en la mirada.

 

Quería escaparse. Y ahí estaba otra vez, sentada a su lado. Le susurraba y su aliento podrido le acariciaba el oído. Ella no lo quería escuchar, pero se quedaba muy quieta y asentía ante cada una de sus palabras opacas. Con el paso del tiempo terminó entendiendo que no se iba a ir. Su relación era como ese eterno sueño del perseguidor y el perseguido, donde el primero nunca lo alcanza del todo y el segundo nunca se escapa.

Quizá Bruno no era ni bueno ni malo. Muchas veces le decía que la iba a dejar, después la besaba y dormían toda la noche abrazados. Al otro día se levantaba, se iba y no le contestaba los mensajes por una semana. Después aparecía y ella siempre volvía a él. Algunas veces la ayudó a tratar de sacarse al monstruo, o eso quería creer, porque si no lo hacía con ese propósito, era definitivamente cruel. Después le daba un beso en la cabeza, la miraba, ella se olvidaba de que le dolía y trataba de no ver las manchas rojas en el piso.

 

Sabía que le iba a escribir después de habérsela cruzado. Estuvo esperando y así llegó la noche, con la noche vino un mensaje de Bruno, preguntándole si dormía, diciéndole que lo fuera a ver. Ella lo pensó brevemente; suave y silenciosa se bajó de la cama. A esa hora el monstruo estaba dormido. Acomodó un poco las colchas y lo tapó. Se sacó el pijama, se vistió y se abrigó. Aunque su mamá siempre le decía «aunque te pongas diez capas de ropa el frío pasa igual». Fue a la calle, se tomó el colectivo; contempló desde la ventanilla la noche oscura por media hora.

 

Al llegar él le abrió la puerta y ella lo miró. No se veía como lo recordaba. Él, como de costumbre, no habló; ella lo abrazó.

Conversaron un rato y se rieron, de las mismas cosas que se reían antes, pero sin ser los mismos.

Terminaron besándose.  Besos de esos que se dan en la boca, pero Irene los sentía en todo el cuerpo. De los besos pasaron a la cama. Después de varias horas jugando, porque para Bruno todo era un juego, se quedó dormido. Irene lo miraba, le acariciaba el pelo y la barba. Con suavidad y ternura le dio el último beso. Sacó la almohada que estaba debajo de él, y que se sentía fría, como ella. Tranquilamente la apoyó sobre su cabeza, presionó con las dos manos y oprimió enseguida con todas sus fuerzas. Él empezó a mover los brazos; hasta que en la habitación ya no se movió nada.

Levantó su ropa, se cambió como lo hacía siempre, le acarició los labios que todavía estaban tibios y salió a la calle; su corazón no estaba acelerado, ya no sentía esa presión en la garganta. Por primera vez en mucho tiempo se sintió respirar.

 

Volvió a su casa. Cuando llegó a su cama, el monstruo no estaba tapado. Ya no estaba.