El fonámbulo

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¿Recuerdas que te hablé de ese fulano tímido y retraído? ¿A cuál te refieres? Al profesor del Internado de señoritas candorosas y devotas...

(fragmento de la novela)

 

por Marcos Singer

 

09 de agosto 2025

 

 

¿Recuerdas que te hablé de ese fulano tímido y retraído?
¿A cuál te refieres?
Al profesor del Internado de señoritas candorosas y devotas.

Años atrás me dediqué a estudiar a este sujeto para conocer de su familia de su infancia de sus supuestos desbordes que lo empujaron a la paranoia. Pobre individuo atormentado y perseguido por las sombras arrojadas de su propio cuerpo; poco agradable en real verdad su figura, cuando tanto candor y belleza en la de la muchacha.

Sintió que el día no podía ser más perfecto, por lo que concluyó la clase a todo Neruda.
Si logró articular palabras, si es que el poema fue más allá de su mente, si no ocurrió que al cruce con ese rostro -un hecho inevitable reconocía él- le transfirió en una prolongada mirada los versos medulares meticulosamente medidos y pesados en arrinconadas horas de insomnios y amaneceres.

Fue dice –apenas más alto que un murmullo; como si fuese a sacrificar un secreto- una onda inconmensurable de cisnes de cuellos lustrosos los que bañó la luna; reflejos adormilados en los ojos peculiarmente tristes de la joven empantanados vaya uno a saber en qué juncales, conmocionados, embarullados en un revuelo temeroso de pájaros por un algo perturbador e inesperado -¿su presencia, maestro?- Y la bandada de pájaros aleteando por contados segundos y un rubor febril en el rostro, y otra vez el silencio y los cisnes leves en la bruma y los juncales impertérritos en la mirada, mirada triste, empantanada -¿dónde maestro; dónde?- en la mujer en preparación que está en espera. ¿Por qué tal misterio? -dos mujeres en una, maestro-. Dos mujeres en una, y una de ellas a mi espera: pero ¿por qué dos? Por las pequeñísimas pecas; un soplo de polvo venteando en uno de sus pómulos. Por esa ceja curvada más a lo alto. Por esa leve diferencia en el trazo sensual de la boca. Por lo distinto de sus ojos. Por cómo miran sus ojos. -Los ojos- ¡Sí! sí los ojos, por los ojos. Cuando la más joven de las dos jóvenes parece perdida, probablemente ocurra porque el círculo de uno de ellos, copiando la forma de esa ceja más alta y curvada, penetra unas milésimas en el párpado de arriba; dando idea de que la muchacha frágil y cansada, en algún momento caerá vencida; y por el hecho de lo tupido y largo de sus pestañas, agrega rasgos pesarosos al cubrirlo con una suave sombra.
Pero ocurre que esta conjunción impresiona de sobremanera cuando ese ojo entre dormido y pesaroso, pierde su mirada en la distancia. De tal magnitud sientes ese mirar; que necesitas saber lo que la atrae en esa  profundidad lejana, y la ves a esa joven sobre la otra joven y luego miras en la lejanía; la lejanía del mirar de aquella joven; y sientes que algo te golpea por lo extraño de esa mirada, porque ves que allí donde con tanto afán mira –NO HAY NADA-, al menos algo en esa nada que suscite tu atención, y de inmediato te viene la luz y comprendes que no es en un  lejano afuera donde quedó grabada  la impresión de uno de esos ojos; que más bien está atrapado en un adentro, que por motivos que no nos es dado a conocer; y esto es lo que atrae y desespera; -está sumergido en una impenetrable nada- una nada poderosa y significativa absolutamente de ella; sólo de ella, un algo único y suyo a la deriva, una esfinge de piedra callada. Una Esfinge Reina en medio del viento; una esfinge taciturna e inabordable, barca mecida por las aguas, sonido de sirenas de mar a la distancia, gaviota entre miles volando, el enorme labio de la playa, la inmensidad de mirar en un infinito vacío de estrellas.
Dos jóvenes en proceso, razona el hombre; que al no saberse ni encontrarse; conviven apesadumbradas. Pero él llegó a ella a la más desdichada de ellas – maestro no te fíes-. Y la campana que no suena y el silencio que pesa y el murmullo que crece ¿por qué la joven o ambas por un simple suceder, parecen en espera? Y el ojo nuevamente brumoso y nuevamente empantanado, y el otro que para bien o para mal, se disocia o acompaña. Y la campana suena y los murmullos son gritos y los gritos, desorden y los gestos y las risas y una infinitud de manos y la prisa y los manotones y los empujones, y al abrirse las puertas; un fulgor de polillas y un sol pajizo que todo lo ilumina, y en su luminosidad, como una enorme y viscosa lengua, las evanece y las devora; entre miles de pequeñas partículas luminosas, entre el polvo las devora, y las muchachas asediadas por el fulgor de esa prodigiosa luz, se evanecen, como idas de un existir, -simplemete se evanecen-. A cada una de las gráciles jovencitas se las lleva quién sabe a dónde, y tarde tras tarde al instante de abrirse las puertas; las evanece. Entre la arboleda y la lejanía las evanece, en medio de las risas las evanece. Tal vez al decir del hombre, al llamado de la campana, mañana las muchachas vuelvan a ser reales.

Él era joven no tanto la joven casi una niña, él perdió toda razón y se amaron. Bueno él la amó hasta la locura, ella le dio su cuerpo, la desnudez de su cuerpo.  Cuando el hombre la vio como vino al mundo, enloqueció y sintió morir al olor botánico de copihues de madreselvas de amapolas de avellanos en la cabellera, besó cada uno de sus veinte dedos miró en sus ojos sin idea de cuánto por horas; buscó y lamió salientes como profundidades, olió los nardos sanadores de esa piel largamente esperada, hundió sus manos entre estrellas de mar y algas marinas, alucinó al olor de su yodo, encendió velas, cruzó las puertas -se creyó sagrado-. Aunque no fue hombre de mar; sintió la brutalidad de las olas, enrabió en ellas, a las vueltas en carne viva su cuerpo revolcado tras revolcado en la arena. Confuso y sacudido hasta la médula en la tormenta de las pasiones, sintió que resucitaba y que moría, que se alzaba hasta las cumbres y de ellas, caía. Se dijo ser amo y esclavo pisador de uvas pastor de ovejas prostituto de templo mercader en Venecia eunuco en Damasco eremita en la copa de un árbol. Deseó andar desnudo convertirse en errante; creyó en castigar y perdonar adorar y profanar, negar a Dios perder todo dominio de la razón y amarlo hasta los llantos, ser Job perderlo todo no quedarle nada, cubrirse de plagas,  de fétidas pústulas, cortarse la lengua, arrancarse el corazón, pesarlo en la balanza de los prestamistas, prohibirse la palabra vivir entre lavas volcánicas, internarse de por vida en un santuario, ser un soldado romano y jugarse a los dados el manto del Cristo, ser olvidado para siempre, pagar sus pecados con el silicio de los mártires.

Dejé de escribir, el hombre me quitaba la vida me arrastraba me ahogaba me convertía en cómplice de sus delirios; cada día que pasaba, más acongojado me sentía; allá él y sus inconfesables y protagónicos deseos; que se busque a otro que le dé rienda suelta a sus desatinos.
Dejé esa historia; por años traté de olvidarlo al fulano. Es que nunca tendré paz ¿siempre será mi vida un volver a la noria?
Así que una vez más tomé cada uno de mis bártulos; astrolabio compás regla escuadra y enfilé hacia mi endeble afuera. Pensé la vida, amigos míos; no es más que un don amargo; espuma de olas pulimentando tras pulimentando las moles mohosas.