El demiurgo como escritor

Composición y fotografía: Flavia Sanches
por Ernesto Pereyra Hart

10 de mayo de 2025

 

No corría siquiera una pobre brisa en la vieja casona de Belgrano. Era el mes de enero, y el calor sofocante le impedía a Eduardo lograr concentrarse en lo que escribía. Hacía ya tres horas que estaba sentado frente a su escritorio mirando unas pobres líneas tachonadas en tinta negra con su vieja estilográfica. Ninguna idea venía a su cabeza… “imposible escribir con este calor”, pensaba.

Se levantó y fue a prepararse un café con la ingenua idea de encontrar en el oscuro brebaje un elixir mágico que le devolviese la imaginación. De poco le sirvió la idea. Un momento después estaba parado con la taza de café en la mano mirando la hoja dejada sobre el escritorio, al lado de la estilográfica y de un montón de libros esparcidos por aquí y allá que no le servían más que para incrementar su desazón. Se frenaba ante la absurda idea de que los demás colegas que habían redactado esos libracos eran mejores que él; y esa inseguridad lo llevaba a suspirar de una forma larga y monótona.

Haciendo coraje se sentó nuevamente en el raído sillón y con decisión puso sus dedos sobre el teclado de la Olivetti, cuán alquimista tratando de convertir esa hoja en oro, pero su mente estaba en blanco. La camisa sudada se le pegaba al cuerpo; se echó hacia atrás en el respaldo del viejo sillón, y llevándose un cigarrillo a la boca, sólo atinó a observar el humo que se elevaba y se desvanecía en el aire como su esperanza de escribir, aunque sea una línea en esa tarde de estío caliginoso.

Con ansiedad se levantó y comenzó a caminar por el cuarto. Dio las últimas bocanadas al cigarrillo y lo pisó con una ira que ya no contenía sobre el piso de mosaicos, pateando la colilla hacia un rincón.

No poder concentrarse en su trabajo lo ponía de mal humor, y esto último hacía que no pudiera pensar en su obra. Sus pensamientos se dispersaban hacia mundos demasiados cotidianos, que quedaban muy lejanos de la hoja en blanco que debía rellenar. Se había propuesto escribir a la misma hora todos los días, pero la humedad de ese día en particular lo invadía tanto que desistió hasta de respirar con normalidad; sabía que su “auto promesa” no se iba a cumplir tal y como lo deseaba. Y ahí volvían los suspiros sostenidos. Bufar lo tranquilizaba por unos segundos, pero luego observaba la máquina de escribir sin sus dedos encima y se ofuscaba casi como un niño pequeño.

Se paró frente a la ventana y miró hacia afuera. La vista de la naturaleza en verano, con su profuso verdor, no le devolvía la tranquilidad mental que necesitaba para poder escribir. Intentaba buscar entre las hojas alguna musa etérea, una de esas que tantas veces había imaginado volando en su jardín, de las cuales había leído en varios cuentos y hasta se había convencido de que las escuchaba en las noches en que los grillos se callaban, pero la búsqueda fue en vano.

Volviéndose con paso resignado fue hacia el sofá que estaba al lado de la chimenea; descargó todo su peso en él y tomó con mano temblorosa un cigarrillo del paquete que estaba sobre la mesa de café, lo encendió y se recostó. Allí se quedó, sintiendo como el humo quemaba su garganta mientras miraba el techo. Sus músculos temblaban y su cabeza se llenaba de preguntas sin respuestas tangibles. Con su mirada en la pared descascarada, se replanteó si su elección de ser un escritor era factible en un mundo donde hasta el más ignorante publicaba sus ideas en papel y conseguía miles de halagos, mientras él pasaba horas renegando con ideas que cuando aparecían le parecían fatales y tan desechables como su vida actual.

Se levantó y fue hasta la repisa en donde tenía la botella de Whisky; se sirvió un vaso y volvió al maloliente sofá. El líquido amarronado chocaba contra el vidrio, mientras su mano se movía de forma autónoma y creaba pequeñas olas en las que surfeaba una mosca que había pasado desapercibida por él hasta ese momento; ni si quiera se molestó en espantarla, sólo pensaba en las ventajas del invierno y cuanto faltaba para que el clima se volviera más soportable. Hasta el insecto se cansó de su mal humor y decidió salir por la ventana.

Echado, abrió un poco su camisa mientras recapacitaba en lo aleatorio que resultaba escribir, en la cantidad de rumbos que podía tomar una historia, sin contar con el aspecto estético, el cual ya era complicado en sí. Fantaseó con la idea de estar sentado frente a la máquina de escribir deslizando sus dedos con la misma naturalidad que lo haría un pianista interpretando una obra que sabe de memoria, pero una de sus reglas era no “repetirse a sí mismo”, así que no podría hacerlo de la manera que querría.

Dando el último sorbo a su trago, dejó el vaso sobre la mesa de café que estaba tan cerca que no necesitaba demasiado esfuerzo para llegar a ella. Acomodó el recipiente sobre un ejemplar del diario La Nación que había estado leyendo unos días antes: se encontraba abierto en la sección cultural en la cual se leía en grandes letras de molde el título “La última novela del gran escritor Eduardo Imbert no desmerece en absoluto sus anteriores trabajos…etc., etc.”

“Deberían haber escrito”, pensó Eduardo, “la última novela de Eduardo Imbert solamente sirve, a lo sumo, para encender un buen fuego…”.

Ese día estuvo más pensativo que de costumbre y se le presentaron ideas perturbadoras: “¿Qué pasaría si dejara de escribir? ¿o si no hubiese escrito nunca? ¿qué sería de la vida de mis personajes? La nada”. “¿Sería posible que unos garabatos en tinta negra pudiesen ser la causa de la existencia de vidas reales en una dimensión ignorada por mí? ¿Y si yo mismo, todo lo que conozco, toda mi historia, la de mi familia y amigos no fuese más que la creación de un escritor al cual ignoro y que en este mismo instante se encuentra escribiendo mi biografía con tinta negra en una hoja de papel cualquiera?”, pensó angustiado. Pero lo más inquietante fue preguntarse en un estado demasiado consciente: “¿y si este escritor, este demiurgo, también creyese como yo en el sin sentido de seguir escribiendo?”.

A la noche, después de cenar un par de aceitunas, un poco de queso con algo de pan y algunas fetas de salame acompañado de su eterno Whisky, se llevó a la cama un libro tomado al azar para leer un rato antes de dormir.

Como el calor del día y la imposibilidad de escribir lo dejaron agotado, fue poco lo que leyó, a lo sumo unas pocas páginas. Sintió ese vacío existencial que se acrecienta cerca de la madrugada, dejó el ejemplar sobre la mesita de noche al lado de la foto de Estela, y le dio las últimas pitadas al cigarrillo. Apagó la luz del velador y se durmió profundamente.

A la mañana siguiente se levantó y, después de poner a calentar el agua para el café, fue al baño para afeitarse como todos los días.  Mientras se encontraba en estos quehaceres de higiene matutina, notó con indecible horror que sus facciones estaban desapareciendo. Miró sus manos, y éstas, al igual que su rostro, se transparentaban pudiéndose ver a través de ellas los azulejos del baño. Cerró los ojos y sacudió la cabeza pensando que aún estaba medio dormido y que todo era una absurda ilusión. Volvió a abrirlos y se miró al espejo. Aterrorizado, salió del baño tropezando con los muebles que encontraba en el camino y quiso tomar el teléfono para pedir auxilio, pero no pudo agarrarlo, ya que sus manos habían perdido su sustancia material. Agitado, se dirigió a la puerta principal de la casa para huir, pero aquella se había convertido en una pequeña puertita por la que apenas podría haber pasado un gato. Evidentemente, las cosas se estaban saliendo de control.

Pensó en salir por la ventana, pero cuando quiso asir la perilla para abrirla, sus manos, que ya no eran nada más que una tenue bruma, la traspasaron como al teléfono. Intentó gritar para pedir auxilio, pero había enmudecido de una manera atroz. Consternado, miró hacia el jardín como buscando alguna realidad a la cual aferrarse; pero los árboles, las flores, el césped, los pájaros…, todo estaba diluyéndose. Intentó buscar una explicación lógica, pero no pudo hacerlo. Su conciencia también estaba evaporándose.

Ya no le quedaba nada y pudo sentir el significado real de lo efímero.

Ya no era ni siquiera una vaga idea de Eduardo Imbert.

El demiurgo había dejado de escribir.