por Mario Cuomo
04 de octubre 2025
Cuando por razones laborales viajaba de pueblo en pueblo manejando mi vehículo, a veces deseaba que la ruta fuera eterna para seguir en un permanente andar sin necesidad de llegar a ningún lado.
La cinta asfáltica pasaba frente a mis ojos y me sumergía en una especie de hipnosis. Era como si ese mundo exterior que transcurría a mi alrededor fuera algo extraño, un universo al cual yo no pertenecía. Una serpiente de asfalto que se perdía en el horizonte.
Mis pensamientos vagaban en libertad, me sentía totalmente ajeno a todo ese devenir, transitando por un camino sin fin y sin ningún tipo de obstáculos.
En esa especie de simbiosis entre la ruta y el paisaje sentía que era la carretera quien decidía mi destino, y en el vértigo de ese andar fluido y despreocupado, me sentía un espectador antes que un personaje.
Tal vez hubiera querido que así fuera mi vida, un andar libre y sin obstáculos por una ruta asfaltada. Ser siempre un observador que aprende sin contaminarse y sin fundirse emocionalmente con el objeto observado.
Pero en pocas ocasiones somos solo un observador, las más de las veces somos actores transitando por caminos de ripios, llenos de pozos, depresiones, puentes rotos, subidas y bajadas escarpadas.
Somos actores que nos representamos a nosotros mismos envueltos en la fantasía de un personaje. Recién al final del trayecto podemos, si hemos avanzado en sabiduría, asumir el papel del espectador.
Porque ahí, en los últimos tramos de la existencia, recién descubrimos que no vale la pena apurarse, porque en realidad no hay ningún lugar al cual haya que llegar.
Es el momento de disfrutar del viaje, de arrepentirnos de no haber dejado que simplemente la carretera nos llevara sin querer dirigir el rumbo.
De no haber aprendido a transcurrir en calma, disfrutando del paisaje sin necesidad de metas ni objetivos.
De haber compuesto un personaje falso.
De no haber vivido sin prisa, ni urgencias.