11 de mayo

Ilustración: Kneksooli
por Paula C. Dreyer

23 de marzo 2025

La psicóloga puso el cronómetro en cero y tomó una pequeña libreta negra con un anillado dorado. Sacó de un bolsillo una lapicera de esas que regalan cuando te recibís, cruzó las piernas y me miró fijamente. Su consultorio era pequeño y nada acogedor, por cierto. Las telarañas colgaban desde un rincón, su título estaba pegado contra la pared naranja, algo torcido, y había un perro que no dejaba de oler mis pantalones, pero mi presupuesto sólo podía llegar a esa clase de “profesional”.

<<Trata de recordar lo que puedas… nadie te obliga a nada…>>.

Comencé a hacer crujir mis nudillos, uno a uno. Respiré profundo y entré como en una especie de trance:

<<No es fácil ser la oveja negra de la familia>> dijo mi tía Marta y todos rieron.

Su mano apretó con fuerza mi hombro y se deslizó por un par de vértebras de mi columna en forma cariñosa. Me palmeó con suavidad y caminó torpemente con sus zapatos de señora grande hacia la mesa de las masas finas. Se frenó extasiada frente a la bandeja brillante, mientras observaba cuál elegir: si las de crema, las de chocolate o las de hojaldre.

<<!No hagas caso linda!… a esta gente le encanta poner etiquetas>>, susurró mamá mientras me limpiaba una gota de dulce de leche que se hamacaba sobre la punta de mi nariz, y que era el único rastro que quedaba de un alfajor de maicena que había engullido vorazmente hacía unos minutos atrás.

Mis cumpleaños eran familiares: sólo había un par de globos colgados sobre el marco de la puerta, un cartel con mi nombre hecho sobre una cartulina con una letra ilegible y muchas sillas alrededor de una mesa heredada que no encajaba con los otros muebles.

Miro a mi alrededor, algo somnolienta, tratando de acomodar el elástico del bonete que me corta un poco la circulación y provoca que mis mejillas se pongan demasiado coloradas.

<<¡Eso es Rosácea!… ¡mira esos cachetes!… no se curan, pero le ponés la crema de ordeñe y listo… ¡esa crema hace milagros!>>, aconsejó mi abuela Filomena al verme desde la esquina de la mesa, mientras masticaba con dificultad una pasta de vainilla y nueces.

El ruido del timbre retumbó entre el bullicio. Mamá caminó hacia la puerta mientras limpiaba sus manos en un pequeño delantal a cuadrillé que ella misma se había hecho. Apenas abrió, mi prima Valentina se escabulló entre las piernas de mi mamá y corrió hacia mí con un paquete plateado, decorado con una tarjetita diminuta y un moño rosa. Lo apoyó en la mesa y me sonrió, abriendo de forma exagerada su boca llena de espacios vacíos y dientes asomándose tímidamente. Me insistió varias veces para que rompiera el papel del regalo; no le hice caso y con paciencia despegué cada cinta que tenía en los bordes.

Mis tíos llegaron a mi encuentro escoltados por mi mamá.

<<Abrí el regalo nena… no sé si te va a gustar… dicen que está de moda… que es para tu edad… pero viste que con tal de venderte algo caro…>>, dijo mi tía Inés mientras se acomodaba el saco con hombreras.

Debo confesar que me emocioné al sentir aquel paquete algo pesado, hasta que descubrí que era un pequeño diario íntimo con letras chinas en dorado y una llavecita que seguro iba a perder en la alfombra de mi cuarto. Agradecí con una pequeña mueca y lo dejé en la mesa, al lado de la torta.

<<¡Apaguen las luces… que la nena va a soplar las velitas!>> ordenó Mamá levantando un poco la voz.

Mi tía Marta se acercó a la llave de la luz con pasos lentos y migajas de hojaldre sobre la blusa. Bajó la perilla mientras Mamá sacaba de su delantal una pequeña caja de fósforos y prendía una a una las once velitas blancas que se sostenían firmes sobre una pequeña flor de plástico.

En medio de la oscuridad y los aplausos, sonó nuevamente el timbre.

<<Pase….pase… llegó justo para cantar el feliz cumpleaños…>>. <<Llegué tarde porque se me rompió el tractor… y le tuve que dar de comer a los animales…>>. Escuché su voz y me paralicé. Cerré los ojos y mentalmente repasé ese deseo, ese que venía pidiendo desde hacía cuatro años: “que no me dejaran más a su cuidado durante las siestas”.

Antes de que termine la canción en mi honor, soplé con fuerza, casi escupiendo saliva, sobre cada llamita. Repetí varias veces el deseo en mi mente y levanté lentamente mis párpados, hasta verlo parado frente a mí con una gran sonrisa desdentada y ese bigote que odiaba, el cual parecía una línea dibujada con un fibrón. Me dieron escalofríos. Ese hombre obeso y vestido con pantalones gastados y una camisa manchada era el esposo de mi abuela, pero no era mi abuelo biológico.

No le hubiese costado nada pasar por la casa de mi abuela, donde convivían, a lavarse las manos y un poco la cara. El olor a “chancho” mezclado con transpiración llegaba hasta mí. Y era un aroma que me hacía revolver el estómago, porque así olían siempre sus manos cuando se acercaban.

<<¿Cómo anda Alfredo?… pase…coma lo que quiera…>>, lo saludó amablemente Mamá y le entregó un vaso de plástico azul con lunares blancos mientras le acercaba un plato con papas fritas.

Cargando todo sobre sus brazos, se acercó a las mujeres que estaban en un rincón y saludó a mi abuela con la cabeza, mientras masticaba con la boca abierta un puñado de papas.

Se dejó caer sobre una silla de madera que crujió.

<<¿La saludaste a la festejada?>>, lo interrogó mi abuela; pero él no contestó.

Era el día libre de Mamá, ya que trabajaba de lunes a lunes cuidando una viejita desde la mañana hasta las ocho de la noche, cuando me pasaba a buscar en bicicleta por la casa de mi abuela. Fue el único trabajo que pudo conseguir siendo una mujer “separada”. Casi todo el festejo lo organizó la tía Marta, por eso se percibía el mal gusto, pero nadie dijo nada por educación. Mamá fue la encargada de cocinar y lo hacía por las madrugadas, quedaba agotada, lo notaba en sus bostezos largos cuando me dejaba en la puerta de la escuela. Yo tenía la orden de ir después de clases a la casa de mi abuela. Ella había prometido cuidarme durante el día, pero apenas se hacían las cuatro de la tarde pintaba sus labios de rojo, tomaba su cartera negra, un par de billetes, un pañuelo que ponía alrededor de su cuello y se iba a lo de una amiga a “jugar a las cartas”. Regresaba cerca del horario en que Mamá estaba llegando. Me daba un par de monedas y me pedía que no dijera nada.

Solía quedarme mirando los dibujos animados junto a un paquete de galletitas y un vaso de agua hasta que Alfredo se levantaba de su siesta. Cuando escuchaba sus pasos pesados yendo del dormitorio al baño sentía como se me aflojaba el cuerpo. Eso estaba sintiendo en medio de mi fiesta, mientras lo veía y escuchaba a toda esa gente mayor comiendo todo lo que encontraban a su paso y criticando a los que no estaban presentes, mientras reían a carcajadas; yo permanecía inmóvil frente a mi torta, acomodándome de vez en cuando el bonete.

Mi tía Marta tomó un gran cuchillo de la cocina y pidió a los gritos los platitos para repartir la torta. Cortó el bizcochuelo de la forma más equitativa que podía, mientras aclaraba con orgullo que era un hermoso “Panda” hecho por sus manos. Mientras tanto, Mamá ponía los platos sobre la mesa, Alfredo tosió una vez, dos veces, respiró con dificultad y tosió nuevamente. Mi abuela dejó de comer torta y palmeó su espalda con fuerza, pero el ahogo persistía.

 

<<¡Se le debe haber ido una papa por “el otro caño”!>>, gritó mi tía Marta mientras se chupaba los dedos antes de cortar otra porción <<¡Filomena, dale gaseosa… las burbujas lo van a desatorar!…>>.

La cara de Alfredo se puso roja, le costaba respirar; de pronto desapareció dentro del círculo de las mujeres maquilladas y de uñas que parecían garras, que se acercaron con rapidez. Mi abuela seguía golpeándole la espalda.

Alfredo intentaba gritar, pero su garganta estaba silenciada. Sus ojos se llenaron de lágrimas, como se ponían los míos cuando “me quedaba a solas con él”.

De repente se desplomó contra los mosaicos del piso, con los ojos vacíos y la cara desfigurada.

Suspiré aliviada mientras todos gritaban en el comedor, corriendo las sillas, tomándole el pulso y tocándole el pecho.

Mis tías lloraban angustiadas, mientras mi mamá marcaba nerviosa el teléfono de disco tratando de recordar el número del único médico del pueblo.

Mi abuela seguía golpeándole la espalda, suponiendo que Alfredo se iba a levantar. Yo estaba ahí sentada, frente al plato con torta procesando ese sentimiento de libertad. Pensando que ya no iba a sufrir más con su compañía, ni iba a sentir esas manos toscas ni vería esa lengua relamiéndose. Que no volvería a escuchar su voz jadeante diciendo “¿te gusta?», ni temblaría al ver como cerraba con llave la puerta del lavadero. No iban a existir más los secretos llenos de amenazas.

 

<<¡Vieron, yo tengo razón!>>, acotó mi tía Marta, y volví a la realidad. <<Hay más tiempo que vida… pobre hombre, tan bueno que era… tan trabajador… para terminar así…>>; dio un breve suspiro sentido y masticó con ganas un pedazo de arrollado de atún con mayonesa que había encontrado de camino a ver lo que pasaba, pero más de cerca.

Mientras Mamá tapaba el cadáver con una sábana blanca con flores rojas, se escuchó cómo se abría una puerta. Todo quedó en silencio y un gran oso de peluche hizo su entrada triunfal abrazado por mi papá que llegaba de trabajar.

<<¡Feliz Cumpleaños hija! … ¿de qué me perdí?>>, dijo con su voz gruesa desde atrás del juguete.

<<No te perdiste mucho Papá>>, dije levantando la voz desde mi lugar. <<Recién cortaron la torta>>.

El reloj de la psicóloga sonó de una manera estrepitosa y me sobresalté. El perro seguía oliendo mi pantalón y hasta lo mordisqueaba. Ella se levantó los lentes con un solo dedo. Suspiro, cerró la pequeña libreta, lo llamó dulcemente al perro hasta sus pies y se incorporó.

<<Está bien… por hoy terminamos…>>.

La salude amablemente con la cabeza mientras me acompañaba hasta la salida. El perro me ladraba y movía la cola, y ella le pidió que dejara de hacerlo.  Al abrir la puerta me encontré con la mujer policía que siempre me llevaba hasta mi celda.